martes, 30 de diciembre de 2025

Literatura o Inteligencia artificial ¿Cuál es más creativa?

 


Un día como hoy de 1906 nacía mi papá Jacobo Demkow en Tarnopol Polonia y a sus 22 años llegó a la Argentina en 1928 luego de recorrer medio mundo por tierra y por mar.

Hace poco fui al hotel de inmigrantes, y revisé su filiación y decía: “Labrador” como todos sus ascendientes de aquella fértil llanura polaca.

A dos horas de cabalgata de la ciudad de Tarnopol se encuentra la aldea de Pochapyntsi un lugar rural donde sus habitantes vivían de un lado de la calle paralela al río Ruda y se dedicaban a la agricultura y la cría de animales.

Recuerdo que mi papá me contó haber visto junto a sus padres el paso del cometa Halley, con cierto miedo de ser el fin del mundo. Siendo tan pequeño, veo que tuvo que haber sido tan evocativo que quedó en su memoria.

A los 8 años ya no pudo estudiar más. Lo sorprendió la Primera Guerra Mundial, y quedó huérfano de padre. Su mamá con 27 años quedó viuda con Demetrio el mayor, luego Jacobo (mi padre), Esteban, Miguel y no se si ya había nacido o estaba por nacer María.

Es decir, mi abuela Carolina quedó viuda y con 5 hijos.

Mi abuelo de nombre Pavel (Pablo en castellano) murió en la guerra defendiendo con honor su patria.

Estamos hablando del año 1914 en la batalla de Tarnopol contra el ejército ruso.

Desde ese momento todos los hermanos tuvieron que trabajar el campo para ayudar a sostener la familia.

Con 22 años cumplidos en 1928 recorrió 1700 kilómetros, seguramente haciendo algún trasbordo en tren hasta llegar al puerto de Ámsterdam y tomarse un barco hasta Buenos Aires. ¿Qué horrible habrá sido vivir la época de guerra? Recuerdo una historia donde mi papá me contó de un campo de concentración de prisioneros de guerra.

Ellos eran niños y jugaban cerca, cuando advierten que los presos los llamaban pare pedirles comida. Ellos eran pobres y no tenían los recursos y seguramente los guardias, solo por el hecho de ser niños no los arrestaron. Entonces les tiraban productos de la huerta propia para que los reclusos se alimentaran. Y más de una vez los vio comer papas (patatas) crudas para saciar el hambre y hasta pelearse por esa minúscula ración de alimento.

Tal vez, horrorizado por tantas situaciones inhumanas lo motivaron a dejar a su familia, en busca de la libertad.

Luego vino la Segunda guerra mundial, pero él ya estaba en Buenos Aires y sufrió al perder contacto con su madre y sus hermanos, luego se enteró que el gobierno de la Unión Soviética les confiscó sus tierras y tuvieron que irse de allí.

Actualmente Tarnopol ya no es Polonia, hoy es Ucrania. ¿Qué difícil de entender son las guerras, donde uno pierde su familia, su dignidad y su arraigo?

Mi papá perdió a su padre a los 8 años, yo lo perdí a él, a los 13 años, y me quedan muy pocos recuerdos, pero me propuse homenajearlo contando algunas historias, haciendo un esfuerzo de memoria.

Con la tecnología de inteligencia artificial pude ponerle colores a la fotografía en blanco y negro y hacerlo caminar por las calles de Buenos Aires.

Pero me dije: La literatura tiene más imaginación que la inteligencia artificial, ahora mismo puedo contar muchas historias que pasaron simplemente del recuerdo de la boca de mi padre.

Mi papá cabalgaba en pelo arriba del caballo, porque había sido un hábil jinete en el campo. Y la primera vez que se cayó del caballo fue en Hurlingham, provincia de Buenos Aires. El día que su caballo vio un automóvil por primera vez, el caballo se asustó y lo tiró al piso.

Pero curiosamente, él y yo juntos en 1969 vimos por televisión al hombre alunizando en la Luna. Contrariedades del Siglo XX “Cambalache”, como dice el Tango.

Mientras estuvo en el Hurlingham club, trabajó como Mucamo, allí atendió al Príncipe Felipe, a delegaciones británicas, a la selección de rugby (recuerdo que mi mamá les lavaba la ropa y en soga de casa estaban todas las camisetas originales) e innumerables invitados que llegaban a la Argentina.

 Él allí se acostumbró a prepararle el té a los ingleses algo que se volvió infaltable en casa con el tiempo.

Pero en los ratos libres, cuando estaba soltero, también trabajaba de caddie. Un caddie, es aquella persona que cargaba los palos de golf al hombro para que el jugador no se molestara, ni levantara peso. Hoy día se usan carritos, inclusive carritos a control remoto, pero en aquel momento una forma de ganarse la vida era cargar los palos al hombro.

Como era empleado del mismo club, también lo dejaban jugar. Un día vi una publicación de la Asociación Argentina de golf donde estaban los socios anotados por orden alfabético y me llamó la atención que pocos nombres más abajo estaba De Vincenzo, el gran campeón argentino e internacional de golf. Simplemente era un orden alfabético, pero el verlo a muy pocos renglones me hacía generar algún tipo de expectativas.

Entonces fue cuando me contó una interesante historia.

El golf es uno de esos deportes en los cuales. La gente no se retira joven, sino que es muy probable que un jugador adolescente juegue hasta el último día de su vida.

La historia es la siguiente:

Un día Roberto de Vincenzo, el gran campeón, iba a ir al Hurlingham club. Mi papá se anotó para hacer de Caddie, llevarle los palos y poder conversar con él.

El primer día hizo mucho calor, hicieron un par de hoyos y De Vincenzo se volvió a la habitación. Mi papá fue la biblioteca y encontró una foto en el diario La Prensa donde se veía el hoyo 8, que reconoció porque aparecía una granja lindera en la cual De Vincenzo había usado muy pocos golpes para convertir.

A mi padre le llamó la atención porque él no bajaba de los 12 golpes ¡una barbaridad! El segundo día nuevamente acompañó al gran maestro y le preguntó. -Dígame, Roberto en esta foto del hoyo 8 ¿Cómo hizo para hacer tres golpes?

El campeón, tomó el diario vio la granja detrás y hizo un esfuerzo de memoria y le dijo -Ahora me acuerdo, “me arriesgué y la tiré por arriba de los pinos…”

Me acuerdo de que me dieron 3 o 4 indicaciones como para hacerlo, pero ninguna de ellas me servía entonces tomé la decisión de tirar la pelota por encima de los pinos. Y es así como entonces pude hacer 3 golpes.

Ese mismo día mi papá practicó y de 12 golpes bajó a 8 y tampoco podía acercarse a lo que, De Vicenzo, le había indicado.

Al día siguiente nuevamente le preguntó, ¿dígame, maestro, está seguro de que la tiraba por arriba de los pinos? Mientras caminaban llegaron al hoyo en cuestión. De Vicenzo, mira el lugar, se da cuenta a donde apuntaba la pregunta, se ríe y dice: sabe que pasa. Yo la tiré por arriba de los pinos hace 30 años. Ahora los pinos crecieron… Hay que buscar otra manera de llegar.

No sé si la historia habrá gustado. Tal vez lo que quise demostrar es que la imaginación humana, La literatura, el contar cuentos y, sobre todo, el orgullo de hablar del padre de uno a veces es más importante, más vivencial que lo que puede hacer una imagen de inteligencia artificial.

martes, 23 de diciembre de 2025

Una historia de Navidad, sin pinos, sin nieve, sin trineo y sin Papá Noel

 Orejotas el compañero de María

Orejotas ya había cumplido los 5 años y desde pequeño ayudó a José el carpintero a llevar puertas, ventanas y otras artesanías de madera.

Orejotas era un burro muy dócil y doméstico. Le encantaba las caricias que diariamente le daba María respondiéndole con un ¡Iii-aaa!, ¡hiaaa! Mientras sacudía la cabeza de arriba hacia abajo. Luego tomaba agua y comía heno que la esposa de José le daba en la boca y Orejotas volvía a hacer otro rebuzno mientras sus orejas se movían hacia adelante y hacia atrás. Seguramente por eso le habrán puesto Orejotas. Era tan doméstico y cariñoso que entre el movimiento de sus ojos y de sus orejas pareciera que entendiera todo lo que le decían.

María era muy cariñosa y tenía el cuerpo de toda quinceañera judía, baja y pequeña, casi una niña que veía crecer su vientre porque estaba en la dulce espera. Ella no había conocido varón, y José sería su prometido hasta que un día Dios envió a un arcángel de nombre Gabriel a decirle que estaba embarazada y si bien aún no convivía con José este era el milagro más importante de la creación. El arcángel Gabriel le dijo que ella iba a concebir al “Hijo del Altísimo”.

José estaba confundido y pensó en divorciarse, pero a él también se le apareció un ángel y le dijo que no temiera tomarla como esposa porque el niño que llevaba en su vientre era obra del Espíritu Santo, y que debía llamarse Jesús.

El arcángel también le contó otra noticia a María que la tomó por sorpresa. Le preguntó si se acordaba de su prima Isabel. María no dudó, le dijo que sí. Y rápidamente le dijo, porque me lo dices, ella ya es una anciana. ¿Le pasó algo? Preguntó ansiosa por su salud, a lo que el arcángel le dijo tu hijo y el suyo jugarán juntos. María lo miró y asombrada le hizo entender que estaba equivocado, no podía ser su prima, ya que Isabel era estéril, no tuvo hijos y ya era una anciana. María le remarcó que estaba equivocado.

Gabriel, le replicó: Para Dios no hay cosas imposibles, será anciana y estéril, pero ella también está embarazada y ya está de 6 meses.

Toma a Orejotas y ve a ayudarla. Luego vuelves a Nazareth junto a José, que te aguardará feliz y contento esperando el momento en que nazca tu hijo al que le pondrás el nombre de Jesús.

María viajó “sin demoras” de Nazaret a Judea para ayudar a su parienta en los últimos meses antes del parto. Después de que nació el hijo de Isabel y Zacarías le pusieron de nombre Juan y con el tiempo se convertiría en Juan el Bautista.

Para Orejotas, el viaje fue duro, pero llevaba con alegría a María como si no le incomodara, o simplemente como si no le pesara. Cada tanto rebuznaba con el conocido ¡Iii-aaa!, ¡hiaaa!

Atravesaron el Valle del Jordán, luego siguieron el río de sur a norte hasta el Mar Muerto y allí lo más difícil subieron las áridas montañas de Jerusalén, con una trepada de casi 1.000 metros luego de caminar por unos 45 kilómetros.

Hasta que finalmente las primas se encontraron, dos mujeres embarazadas, una joven y la otra ya muy madura, y cuando María la llamó a Isabel, tal fue la sorpresa que ambos vientres se movieron de alegría y se lo hicieron saber a sus madres.

Una vez que nació Juan el Bautista, después de 3 meses y con la ayuda de María en el parto, emprendió el regreso a Nazareth, a la carpintería a encontrarse con José.

Nuevamente Orejotas con alegría llevó a esa mujer feliz de regreso a su casa.

Mientras tanto en Roma, cabeza del Imperio, el emperador César Augusto, había ordenado realizar un censo y requería que todos se registrarán en su ciudad de origen. Fue así como José era descendiente del Rey David y debía empadronarse en Belén, así que María al tiempo de llegar de Judá, preparó sus cosas para acompañar a su marido a Belén, a pesar de su avanzado embarazo.

Esta vez Orejotas, también iría y debía caminar más de 130 kilómetros entre paisajes áridos, desérticos y peligrosos. Su marcha le demoraría entre 4 y 5 días. No obstante, los fríos vientos del invierno y las tormentas de arena serían un desafío único para la joven familia.

Al llegar a Belén, José buscó a otros parientes de su mismo linaje. Belén era un pequeño pueblo judío con calles angostas y casas de piedra caliza y barro. Las casas eran muy rústicas y el pueblo estaba abarrotado de gente por el censo de los romanos. No pudieron encontrar un lugar donde pasar la noche que ya se acercaba, era uno de los días más cortos del año y el atardecer, entre la oscuridad y el frío requerían un sitio más cómodo para la embarazada, pero el hotel no tenía vacantes y ni los parientes tenían un lugar.

Fue así como se dirigieron por un camino iluminado por una estrella y vieron unos faroles de aceite en un establo donde los pastores guardaban ovejas, cabras y otros animales de cría. El olor era fuerte y María empezó a sentir dolores de parto. Mientras bajaba de Orejotas observó el lugar donde comían los animales llenos de paja llamado pesebre y fue allí donde nació el niño Dios.

María dio a luz a su hijo, lo envolvió en pañales y entre los llantos del niño y los rebuznes de Orejotas, los pastores se miraron sonrientes como si hablaran mutuamente, cada ¡Iii-aaa!, ¡hiaaa!  Orejotas hacía reír al niño.

Toda esta historia, ya se había escrito antes en el antiguo testamento. Muchos profetas esperaban este acontecimiento exactamente en ese lugar en las condiciones que se dio.

No estoy seguro si el burro se llamaba Orejotas. Solo sé que la Virgen María se bajó del burro y fue directo al pesebre. Bajarse del burro tiene un nombre, se llama desasnarse, primero se desasnó ella, y después de esta historia otros más se desasnarán.


autor: Pablo Demkow


domingo, 17 de agosto de 2025

El arte de confundir el bien con el mal

 Texto no apto para fanáticos políticos, obsecuentes, flojos y serviles ideológicos.



Leer la novela 1984 no es una lectura placentera. 

Perdón, no escribí ni diez palabras y ya tengo que hacer una aclaración.

Leer la novela 1984 no es una lectura placentera, sobre todo si eres argentino y a medida que lees descubres que no es ficción, que lo que redacta George Orwell en su novela escrita hace más de 75 años.

Para los argentinos el libro 1984 no es ficción. Todo pasó, como si el autor fuera un profeta contemporáneo.

La Argentina tuvo su momento de esplendor y de crecimiento sustentable desde 1880 hasta 1930. Dirá la Enciclopedia Británica  "El desarrollo argentino a fines del siglo XIX y principios del XX fue un período de notable crecimiento económico impulsado por el modelo agroexportador, la inversión extranjera y la llegada de inmigrantes. Este crecimiento transformó la economía, la sociedad y el territorio argentino, dejando una marca importante en la historia del país."

La Argentina recibe una corriente inmigratoria europea, sumada a una política expansionista, educativa y de desarrollo pensada en la consolidación de un país moderno poniendo la proa en un futuro prometedor por los recursos naturales, la educación y la ética de sus gobernantes.

Sin embargo en el transcurrir del siglo XX y XXI el país cayó en la época de "las vacas flacas" que la previsión de la "vacas gordas" no alcanzó para evitar su caída.

Una editorial del diario "La Nación" del 17 de agosto de 2025 señala un detalle de la realidad que bien podría ser parte de la novela de George Orwell.

En 2011 durante el segundo mandato de Cristina Fernández viuda de Kirchner buscó profundizar el populismo para hacerlo “sustentable” pues, “ganada la batalla cultural contra los medios y triunfando en las elecciones, no tendremos límites”.  Pero la oposición denunciaba y no solo denunciaba se veía por televisión la corrupción como un funcionario de su gestión en la madrugada llevaba 10 millones de dólares a un convento, otro trasportaba "bolsos"  llenos de dinero que eran entregados en la casa de gobierno, la residencia presidencia, y en el Instituto Patria, sede del partido gobernante y el chofer tomaba nota en lo que se llamó la causa cuadernos. Entre otros episodios de la corrupción política se transmitió por televisión gente contando billetes en un lugar llamado "La Rosadita" (haciendo alusión a la casa de gobierno), sumando denuncias por la ruta del dinero K, el lavado de dinero con hoteles propiedad del matrimonio presidencial y corrupción en la obra pública además de una larga lista de episodios cuya única finalidad fue la destrucción, económica, educativa y moral de la argentina.

Continuando con la editorial del diario La Nación, textualmente dice a continuación: "Esa batalla cultural contra los valores del trabajo y el esfuerzo, el ahorro y la inversión, el mérito y el progreso, el premio y el castigo los llevaron a cooptar el Estado para "Ir por todo" y arrollar a la clase media, muro histórico de contención. Aquella ofensiva incluyó una reversión de la historia argentina, para que los jóvenes creyeran que todo comenzó en 2003.  

 La prédica sistemática inculcó valores opuestos a los que hicieron de la Argentina un gran país. Se reescribió la historia de Mitre, se ridiculizó a Sarmiento, se ignoró a Avellaneda y se denostó a Roca (a quien Perón admiraba). El ideario de Eduardo WildePaul Groussac, Miguel Cané, Carlos Pellegrini y Joaquín V. González fue sustituido por mitos precapitalistas que retrotrajeron a tiempos coloniales.

Se calificó de bueno, lo malo. Y lo peor, de ejemplar. Incumplir obligaciones, violar contratos, controlar precios, congelar tarifas, licuar salarios, digitar jubilaciones, manipular el dólar, limitar importaciones, bloquear exportaciones, aplaudir defaults, falsear índices, aniquilar la moneda, perseguir a la prensa, manipular pautas, malversar recursos, subsidiar tarifas, subvencionar transportes, acrecentar déficits, multiplicar ñoquis, someter intelectuales, subordinar la docencia, emplear adeptos, estatizar actividades, prohibir despidos, impedir desalojos, liberar presos y humillar a los necesitados. Suma de desatinos que afectó la brújula moral del pueblo argentino.  


Con la destrucción de la moneda se esfumó el ahorro. Con los controles de precios, se vaciaron las góndolas. Con la escasez, prosperó el mercado negro. Con las leyes de locación desaparecieron los alquileres. Con el cepo cambiario se detuvieron las fábricas, salvo de los amigos. Con la degradación de la escuela pública se incrementó la desigualdad educativa. Con el adoctrinamiento escolar se obturó el pensamiento crítico. Con la falta de inversión se redujo el empleo regular. Con la falta de trabajo formal se desarticularon las familias. Con la informalidad se desfondó el sistema previsional. Con el clientelismo se politizaron las oportunidades. Con el garantismo se privilegió a los victimarios. Con la mayor inseguridad se dañó la vida comunitaria.

Tras el telón de los nuevos derechos se expandieron la pobreza, el desempleo, la informalidad y los planes sociales, el abandono escolar, la violencia familiar, la desnutrición infantil, el negocio del paco y el delito para obtenerlo. Se multiplicaron los punteros, manteros, cartoneros y okupas con sus tomas, marchas, piquetes y acampes.

En el libro "1984" George Orwell cuenta que el Ministerio de la Paz, se encarga de la guerra, lo que parece una contradicción. Esta paradoja, junto con otras como el Ministerio de la Verdad encargándose de las mentiras, ilustra el concepto de doblepensar, una manipulación lingüística y mental clave en la novela. El doblepensar permite al Partido mantener el control social al hacer que la gente acepte contradicciones como verdades. 

Tan penetrante fue el hecho de confundir el bien con el mal, que los propios acólitos

 y no pueden acepar lo obvio, ni con documentos, ni con imágenes. 

Tan fuerte fue la novela trágica argentina que los lectores se sintieron protagonistas

 y defensores de lo terrible que vivieron, hasta el hartazgo de defender lo indefendible.

¿Podrán algún día entender que el mundo tiene otras realidades, 

y escaparse de la ficción? 

lunes, 14 de julio de 2025

Las Malas (valijas) protagonistas del peor viaje de tu vida.

 

 Se Abre el telón en Aeroparque

Lucrecia, con su melena castaña y ojos vivaces, repasaba mentalmente líneas de un monólogo. Con apenas 19 años, es actriz de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y es capaz de convertir cada espacio en su escenario personal, y la sala de embarque del aeropuerto no era la excepción. Pensaba en dar una alegría al público cansado de esperar que se despeje la niebla, para viajar tal cual sus deseos a los lugares elegidos del planeta. Después de todo, tanta gente aburrida en la sala de embarque se merecía una próspera y cuidada actuación estelar.


Seis horas de demora, mostraba el agotamiento y el estrés de muchos, que bien hubiese venido una representación teatral.

Con el sol de la tarde filtrándose por los ventanales, el anuncio tan esperado por fin resonó por los altavoces: "Pasajeros del vuelo de LATAM con destino a São Paulo, por favor diríjanse a la puerta de embarque". Un suspiro colectivo de alivio recorrió la sala. Lo que no sabían es que ese alivio sería efímero.

 


El avión despegó con un zumbido ensordecedor, rompiendo la quietud del cielo gris de la capital porteña. A bordo, la tensión se disipaba lentamente, reemplazada por la expectativa de la conexión en São Paulo y el ansiado destino final: Barcelona.

Lucrecia, ya menos tensa, durmió plácidamente todo el viaje, mientras que Pablo preocupado porqué investigó en Internet y no encontró ningún vuelo entre Brasil y Europa hasta el día siguiente. Nora y Ana Luisa, por su parte, reanudaban su animada charla sobre las últimas novedades de Venado Tuerto, y la esperanza de ver cuanto antes a sus hijos. Adriana degustaba un caramelo, mientras escuchaba algún sabelotodo que hablaba sobre aviones y conexiones.

 

Al lado de Lucrecia, con la serenidad de sus muchos años, estaba Pablo, de Hurlingham. Su semblante tranquilo contrastaba con la impaciencia general, pero no ocultaba su preocupación, mientras tecleaba en su celular. Delante de ellos se ubicaban Nora y Ana Luisa, una de cada lado del pasillo, dos consuegras y vecinas de Venado Tuerto, Santa Fe. Compartían chismes e ilusiones, ajenas al drama que se cocinaba a fuego lento. Nora, la más soñadora, intentaba ver el lado positivo, mientras Ana Luisa, la más pragmática, comenzaba a preocuparse por el retraso. Unas filas más atrás, Adriana, con su acento cordobés inconfundible y una sonrisa dispuesta, consultaba su reloj con impaciencia. Su paciencia, al igual que la de Nora y Ana Luisa, comenzaba a deshilacharse.

 

 


El Laberinto de Guarulhos

La llegada al Aeropuerto Internacional de Guarulhos fue como descender a otra dimensión. El reloj avanzaba en la oscuridad y la agitación del aeropuerto contrastaba con lo esperado por los pasajeros. La noticia cayó como un balde de agua fría: habían perdido la conexión a Barcelona. El vuelo de LATAM ya había partido.

 

"Pero ¡cómo es posible!", exclamó Adriana, su voz elevándose por encima del murmullo general, teñida de una frustración que solo un viaje largamente planeado puede generar.

 

Lucrecia, con su instinto dramático, ya visualizaba la escena en su mente. "Esto es oro para un guion", pensó, mientras observaba el desconcierto en los rostros de sus compañeros de infortunio.

 

Fue Pablo quien tomó las riendas. Con un portugués rudimentario pero efectivo, forjado en viejos viajes de trabajo, se acercó a una asistente de LATAM, donde una fila desordenada de pasajeros exasperados se extendía sin fin. "Necesitamos ayuda, nuestra conexión a Barcelona se perdió por el retraso de Buenos Aires", explicó.

 


La respuesta de la aerolínea fue un voucher para un hotel, la cena y el traslado. Una solución a medias para un problema mayúsculo. La pérdida del equipaje, en ese momento, era solo una sombra lejana, una posibilidad incómoda que nadie quería nombrar en voz alta, pero la sospecha cobraba cada vez más fuerza.

 

"Esto es una aventura, chicas", intentó animar Nora, con una sonrisa forzada, mientras Ana Luisa fruncía el ceño, pensando en las valijas llenas de regalos para sus hijos, cuidadosamente seleccionados durante meses.

 

El viaje en el auto hacia el hotel fue un silencio tenso, solo interrumpido por el murmullo de los aviones que despegaban o aterrizaban en Guarullos. La cena en el hotel, un bufé sin grandes pretensiones se desarrolló en un ambiente de resignación. La camaradería comenzó a forjarse en la adversidad. "Deberíamos armar un grupo de WhatsApp para mantenernos conectados", sugirió Lucrecia, sacando su celular con la rapidez propia de su generación. "Para no perdernos en este caos".

 

Nació así "El peor viaje de tu vida", un nombre que en ese momento parecía premonitorio, pero que con el tiempo se convertiría en un chiste interno, una bandera de su improbable alianza.

 


La Odisea de las malas podríamos llamarlo también, Valijas en portugués se dice malas y lo peor, la Resignación.

El día siguiente amaneció gris, reflejando el ánimo del grupo. Volvieron al aeropuerto, recorrieron innumerables oficinas, hablaron con agentes de LATAM que parecían entrenados para la evasión, con personal de seguridad que apenas les prestaba atención, con empleados de limpieza que no entendían sus lamentos, con quien se cruzara en su camino. Pero el resultado fue siempre el mismo: "No hay información sobre su equipaje". Las horas pasaron entre mostrador y mostrador, un laberinto burocrático que parecía no tener fin.

 

"¡Es increíble! ¿Cómo pueden perder tantas valijas de un mismo vuelo?", se quejó Adriana, su voz ya con un matiz de desesperación. "¡Nunca me había pasado algo así en tantos años de viajar!"

 

Pablo, con su diplomacia y su paciencia de años, intentaba mediar, traducir, y mantener la calma. Escuchaba atentamente las respuestas en portugués, por más vacías que fueran, y las retransmitía al grupo, suavizando la dureza de las negativas. Lucrecia, por su parte, observaba, absorbiendo cada gesto, cada expresión de frustración, cada palabra de impotencia. Sabía que todo aquello sería material invaluable para su guion, los matices de la desesperación en un aeropuerto, la forma en que la gente reacciona bajo presión.

 


Nora, con su optimismo innato, intentaba ver el lado positivo. "Al menos tenemos un techo y comida, ¿no? Y estamos juntos, que ya es mucho". Ana Luisa, en cambio, estaba visiblemente más preocupada por la falta de sus valijas. "Mis cremas, mis medicinas, ¡todo está ahí!", se lamentaba, pensando en los blísteres para dos meses que la ayudaban con su salud.

Casi sobre la hora pudieron realizar la denuncia en bagajes extraviados y cambiar el protocolo para que lleven las malas, perdón las valijas a Barcelona.

 

Finalmente, LATAM les ofreció un nuevo vuelo, esta vez con escala en Madrid, y luego a Barcelona. La esperanza, aunque tenue, se reavivó. La idea de avanzar, aunque fuera un paso más, les daba un nuevo aliento.

Sin embargo, el destino no parecía dispuesto a darles tregua. El vuelo  Madrid también sumó ansiedad a su ya extenuante viaje. Lucrecia, a pesar del cansancio, tomó notas mentales sobre la iluminación tenue y el desfile de rostros anónimos, cada uno con su propia historia de viaje.

 


Barcelona, ¿Finalmente?

La llegada a Barcelona fue agridulce. ¡Las malas estaban con nosotros! Primero esperar 60 minutos en Madrid, dentro de la aeronave para que nos dieran pista para el despegue. Luego llegar a la capital catalana y esperar dentro del avión porque no funcionaba la manga.

La belleza de la ciudad se alzaba ante ellos, con su arquitectura modernista y el aire mediterráneo, pero la preocupación por el equipaje eclipsaba cualquier atisbo de alegría. En la cinta de equipaje, la desilusión se cernió sobre ellos como una densa niebla. Sus valijas otra vez no estaban.

 

"¡Otra vez no!", exclamó Lucrecia, con un aire de fatalidad cómica, casi teatral. "Esto ya es absurdo".

 

Pablo, una vez más negociador. Hablemos con el personal del aeropuerto, llenemos formularios con paciencia infinita, describamos nuestras pertenencias hasta el más mínimo detalle —el color de la maleta, la marca, si tenía algún distintivo—.

 Pero la respuesta fue siempre la misma: "Estamos investigando, les avisaremos". La impotencia era palpable.

 

Los primeros tres días en Barcelona fueron una mezcla de turismo forzado y desesperación. Recorrieron algunos lugares con ropa prestada o comprada a las apuradas en tiendas de souvenirs. Caminaron por las empinadas calles, pero la preocupación por sus pertenencias los seguía como una sombra. La bronca era palpable, un nudo en el estómago que les impedía disfrutar plenamente de la ciudad.

 

"Estoy cansada de esta ropa", se lamentó Nora, con una mueca de fastidio. "¡Quiero mis cosas! Mis zapatos cómodos, mi ropa para salir a cenar. Esto es una tortura".

 

Ana Luisa, acostumbrada a la comodidad y las rutinas de su hogar en Venado Tuerto, junto con Nora sentían la incomodidad de la situación de manera más aguda. "Nunca imaginé que un viaje pudiera ser tan estresante", suspiró Ana Luisa, extrañando sus pantuflas y su pijama de seda. Nora intentaba mantener el ánimo, señalando cada detalle bonito de la ciudad, pero incluso su optimismo flaqueaba.

 

Lucrecia, con su espíritu más joven, intentaba encontrar el lado positivo. "Miren, al menos estamos conociendo Barcelona... de una forma muy particular, eso sí". Pero incluso ella admitía que la falta de sus efectos personales le restaba encanto a la experiencia. Pablo, por su parte, se dedicaba a buscar soluciones alternativas, revisando foros de viajeros y contactando con amigos que vivían en España, en busca de algún consejo.

 


El Reencuentro y la Semilla del Guion

Al cuarto día, cuando la esperanza comenzaba a desvanecerse y estaban a punto de considerar darse por vencidos, un mensaje en el grupo de WhatsApp de "El peor viaje de tu vida" hizo vibrar los celulares. Era del aeropuerto: "¡Han aparecido las valijas!"

 

La noticia fue recibida con una mezcla de incredulidad y euforia. Un grito de alegría ahogado de Lucrecia, una exclamación de Ana Luisa, una risa nerviosa de Nora, y un suspiro de alivio de Pablo. Se dirigieron al aeropuerto con una mezcla de ansiedad y expectación, casi sin creerlo. Y allí estaban, maltrechas, con etiquetas de aeropuertos desconocidos, sucias de tanto trasiego, pero milagrosamente intactas. El alivio fue inmenso. Los abrazos se sucedieron, las risas de desahogo resonaron en el hall del aeropuerto, captando la atención de otros viajeros que los miraban con curiosidad.

 


"¡Lo logramos!", gritó Nora, con los brazos en alto, como si hubiera ganado una medalla de oro.

 

Lucrecia observó la escena, una sonrisa se dibujó en sus labios, una genuina, liberada. Tenía todos los elementos. Las seis horas de retraso en el Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires, la conexión perdida en São Paulo, el peregrinar por las oficinas de Guarulhos, la odisea de las valijas, los días en Barcelona sin pertenencias, y, sobre todo, la improbable unión de cinco desconocidos, de diferentes edades y lugares, forjando una amistad en la adversidad.

 

"Chicos", dijo Lucrecia, con un brillo particular en sus ojos, la chispa de la inspiración encendida. "Esto es una historia. Una gran historia. Y tengo la idea para un guion".

 

Adriana, Nora, Ana Luisa y Pablo la miraron con curiosidad, el cansancio aún presente, pero con un brillo renovado en sus ojos.

 


"Se llamará 'El peor viaje de tu vida'", continuó Lucrecia, con entusiasmo contagioso, "y narrará todas nuestras desventuras, desde la neblina de Aeroparque hasta el reencuentro con nuestras valijas en Barcelona. Y, por supuesto, el nacimiento de nuestra inesperada amistad, de cómo nos unimos para sobrevivir a todo esto".

 

Pablo sonrió, asintiendo con la cabeza. "Y yo te ayudo con las partes en portugués", dijo, guiñándole un ojo a la joven actriz. "Y con la burocracia, que de eso ya me hice un experto".

 

Nora y Ana Luisa se rieron, imaginando sus propias interpretaciones en la obra, quizás exagerando un poco sus propias reacciones para el efecto dramático. "Yo quiero hacer de la consuegra desesperada por sus cremas", bromeó Ana Luisa. "Y yo de la optimista a pesar de todo", añadió Nora, ambas asintiendo con complicidad.




 

La odisea había terminado, pero de ella había brotado algo inesperado: la semilla de una amistad profunda, de esas que se forjan en la adversidad, y la inspiración para una historia que, algún día, tal vez se contaría en un escenario, recordándoles que incluso en los peores viajes, pueden surgir las mejores aventuras y los lazos más inesperados. Y así, de un caos logístico, nació una pieza de arte en potencia, un testimonio de la resiliencia humana y el humor que se encuentra en los momentos más inesperados, un recordatorio de que a veces, perderse es la mejor manera de encontrarse.

 

 


sábado, 22 de marzo de 2025

Mis abuelos quieren hablar con usted.

 

Mis abuelos quieren hablar con usted

 






El consultorio de la psiquiatra Agatha era un refugio de tonos pastel donde se escuchaban suaves melodías, en una habitación que fue diseñada para calmar las mentes más inquietas. Pero aquella tarde, el aire se había cargado de una electricidad extraña, un presagio que la psiquiatra no supo interpretar a tiempo.

Matilda, una niña de siete años con ojos grandes y una melena castaña que le caía en dos coletas por los hombros y dejaba la frente descubierta, se sentó en la silla frente a Agatha, llevaba en sus pequeñas manos un dibujo arrugado que recién había terminado de dibujar y lo aferraba con superlativa fuerza contra su pecho.

Sus padres, Enrique y Zinia, esperaban en un sofá, contiguo al consultorio, su preocupación estaba grabada en sus rostros por las apariciones que Matilda decía ver.

—Matilda, ¿puedes contarme qué dibujaste? —preguntó Agatha, con voz cálida y melosa, produciendo un murmullo tranquilizador para la niña.

La niña extendió el dibujo. Dos figuras humanas, ancianas y encorvadas, se alzaban en el papel. Sus cabellos blancos brillaban con una luz espectral, y sus manos huesudas se aferraban a sendos bastones.

—Son mis abuelos —dijo Matilda, con su voz apagada con un susurro ronco—. ¡Vinieron a visitarme!

En ese instante una corriente de viento se hizo oír en un largo y agónico zumbido hasta que un golpe seco abrió la ventana que daba a la calle y la luz de un rayo iluminó la habitación.

Un escalofrío recorrió la espalda de Agatha al ver el dibujo.



—¿Matilda, son tus abuelos? —comenzó Agatha, pero la niña la interrumpió.

—Si, señorita. Están muertos. Pero a veces vienen a verme. Me dicen cosas.

Los padres de Matilda habían acudido a la consulta con Agatha desesperados. Su hija había comenzado a hablar de apariciones, de sombras que se movían en las esquinas de su habitación, de voces que susurraban su nombre en la oscuridad.

Agatha, una psiquiatra autoritaria y experimentada, había escuchado muchas historias a lo largo de su carrera. Pero la de Matilda tenía un aura de autenticidad que la inquietaba.

—Matilda, ¿qué te dicen tus abuelos? —preguntó Agatha, tratando de mantener la calma.

La niña se encogió de hombros. Miró hacia el piso porque no soportó la mirada punzante de la psiquiatra.

—Cosas. Secretos. Me dicen que no debo confiar en nadie.

La sesión continuó, con Matilda revelando detalles escalofriantes de sus encuentros con los fantasmas.

Agatha tomó notas, tratando de encontrar una explicación racional para las alucinaciones de la niña. Pero en el fondo, una semilla de duda comenzaba a germinar.

Al finalizar la sesión, Agatha acompañó a los padres de Matilda hasta la puerta. La niña se quedó atrás, jugando con sus lápices de colores.

Agatha les contó a los padres de Matilda sobre la sesión y se miraron con inquietud. Los abuelos de la niña habían fallecido trágicamente hacía años. Mucho antes que ella naciera.

—Gracias, psiquiatra —dijo Enrique, con un tono de alivio—. Esperamos que pueda ayudarnos.

—Haré todo lo posible —respondió Agatha, con una sonrisa forzada.

Justo cuando Agatha les cerraba la puerta, Matilda la abrió de un fuerte golpe con su pie, miró a los ojos a su psiquiatra, y le dijo con una voz autoritaria, mis abuelos quieren hablar con usted.

Agatha se quedó paralizada. La niña la miraba con una expresión seria, casi solemne.

—¿Qué quieren decirme? —preguntó Agatha, con un hilo de voz que se apagaba con cada palabra.

—No lo sé —respondió Matilda—. Pero dijeron que se quedarían un tiempo más en el consultorio con usted.

Un escalofrío helado recorrió la espalda de Agatha y su corazón aceleró su palpitar.

Sintió una presencia invisible a su alrededor, una sensación de que no estaba sola en la habitación.

—Matilda, tus abuelos... —comenzó Agatha, pero la niña la interrumpió.

—No les tenga miedo, psiquiatra. Ellos solo quieren ayudar.

Matilda se dio la vuelta y se fue, dejando a Agatha sola con sus pensamientos. Agatha cerró la puerta, sintiendo el sudor frío en sus manos y una transpiración más fría en su espalda.

Durante los siguientes días, Agatha se sumergió en la investigación. Buscó casos similares, consultó con colegas, leyó libros sobre fenómenos paranormales. Pero no encontró nada que explicara lo que estaba sucediendo.

...Las palabras de Matilda resonaron en su mente: "No les tenga miedo, psiquiatra. Ellos solo quieren ayudar".

 ¿Ayudar? ¿A quién? ¿Y cómo? – Se planteaba Agatha, aterrorizada.

Tiempo después, una noche, Agatha se quedó trabajando hasta tarde en su consultorio. Revisaba las notas de la sesión con Matilda, tratando de encontrar un patrón, una pista. De repente, sintió un cambio en el ambiente. El aire se volvió denso, y pesado. La luz del escritorio comenzó a titilar primero, y luego bajó su intensidad.

Levantó la vista y vio dos figuras en la esquina de la habitación. Eran los abuelos de Matilda, tal como aparecían en el dibujo. Sus ojos brillaban con una luz espectral, y sus labios se movían, aunque no emitían sonido alguno.

Agatha sintió un terror paralizante. Quiso gritar, pero su voz quedó atrapada en su garganta. Los fantasmas se acercaron, extendiendo sus manos huesudas hacia ella.

No había calidez, ni mensajes de protección. Solo una frialdad penetrante, un vacío que la envolvía. Los ojos de los ancianos, que antes solo eran figuras borrosas en un dibujo, ahora eran pozos oscuros, y aterradores.

Uno de los fantasmas extendió su mano, y Agatha sintió un contacto helado en su mejilla. No era una caricia, sino una marca, una impronta de lo sobrenatural. El otro fantasma se acercó tanto que su aliento inexistente rozó su oído, y una voz susurró, sin palabras, sino con un eco de lamentos apenas inteligibles - No manipules a nuestra nieta- escuchó horrorizada.

Agatha cerró los ojos, paralizada por el terror. Sintió que su mente se desgarraba, que su cordura se desvanecía. Cuando finalmente se atrevió a abrirlos, los fantasmas habían desaparecido, pero la sensación de su presencia permanente dejó un peso insoportable en el aire.

Agatha quedó sentada en su escritorio, temblando, con la mirada perdida en la oscuridad de la habitación. Sabía que algo había cambiado para siempre. Ya no era la misma psiquiatra racional y escéptica. Ahora, era una prisionera del miedo, marcada por el contacto con lo desconocido, condenada a vivir con el terror de saber que no estaba sola, y que nunca más lo estaría. Los fantasmas de Matilda se habían quedado con ella, para siempre.

Casi fin.

 

 

El Principio del fin.

Matilda fue una niña encantadora, inteligente y con poderes psicoquinéticos que le permitieron advertir todo tipo de intencionalidades en los adultos. Utilizó la imaginación de los fantasmas de sus abuelos para que Agatha se sintiera observada si en las sesiones de psicología se le ocurría manipular a sus pacientes.

 

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El fin del fin

La fantasía y la comedia se unieron en su máxima expresión cuando esta niñita, Martina Wormwood y Agatha Tronchatoro (de carácter fuerte, dominante, cruel, vil y perversa) filmaron la película Matilda de novela homónima que utilizó sus extrañas capacidades psicoquineticas para tratar con su irresponsable familia y su malvada directora.

Tenían los mismos nombres.

Tan solo fue una casualidad con la película.


Pablo Demkow