sábado, 28 de febrero de 2026

Los Eternautas frente al diluvio apocalíptico.

 



Los terribles truenos no fueron un sonido, sino una vibración que se sintió en la boca del estómago de Mateo. Parecía el fin de los tiempos y recordó una oración que su madre le rezaba cada vez que una tormenta fuerte los sorprendía. Detrás de cada relámpago un fuerte estruendo como si fuera un festival de bombas atómicas. Y luego el silencio. El más absoluto silencio hasta el siguiente resplandor del cielo.

Su novia Valeria, lo miró sin comprender nada. En medio de la oscuridad, encendió una vela delante de una imagen de un santo que su madre tenía guardada en la mesa de luz.

Entonces empezó a rezar. Y le dijo - ¿Vos, no eras ateo?

Cállate, acá tenemos que rezar, es nuestro último recurso. Hace días que no para de llover, no hay luz, y está todo inundado. Siento en el agua un olor extraño y sospecho que desbordó el Río Reconquista.

¡Pero Mateo! – continuó hablándole su novia diciéndole sorprendida- ¿Vos crees que si desbordó el Reconquista va a llegar hasta acá? El río está a más de cinco kilómetros. Es cierto que Buenos Aires es bajo y los afluentes al Río de la Plata cuando hay sudestada o cuando llueve mucho anegan calles, pero me parece mucho.

En José León Suárez, la tormenta de febrero de 2035 no era una simple lluvia, era el fin del mundo. Las sirenas de las estaciones de bomberos, el chirrido de los frenos de los autos que intentaban huir y el grito lejano de una madre se mezclaban con el rugido incesante del cielo.

Pero el verdadero terror venía de los cauces tapados por la urbanización. El Río de la Reconquista, una cloaca a cielo abierto que fue el nervio sucio de la zona por generaciones, había despertado y arrastraba todo lo que se le interpusiera.

Con la poca batería que quedaba en su teléfono, Mateo veía los informativos que mostraban imágenes de catástrofe del municipio de General San Martín.




La gente solía decir que el río era el lugar donde iban a morir las cosas, pero ahora parecía que iba a ser el lugar donde las cosas volvían a nacer. El agua, una mezcla aceitosa de residuos industriales y barro milenario, subió más rápido de lo que nadie pudo creer.

En pocas horas, la cancha del club Chacarita Juniors se convirtió en un lago oscuro, las autopistas del Buen Ayre y la Avenida Márquez eran canales de navegación y el antiguo tanque de agua de Ballester era una isla solitaria, un faro de cemento en un océano de miseria.

Eso mostraban los informativos. Un panorama deprimente y preocupante.

Valeria lo tomó de la mano y rezaron juntos una oración que Mateo dijo que se la había enseñado José Tomasini un Ingeniero Agrónomo que tuvo como profesor de química en el secundario y que lo recordaba por su religiosidad y por sus explicaciones simples de fenómenos químicos complejos.

Tal vez el fuerte olor de la inundación lo hizo acordarse de alguna experiencia en el laboratorio de la escuela.

Le dijo a su novia: Rezá conmigo, “Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, guarda pan, guarda vino, guarda gente en el camino”.

Milagrosamente en un momento dejó de llover, cesaron los truenos y la calma escondía una sospecha inquietante, entonces dijo: Vayámonos de acá. Si nos quedamos acá nos vamos a morir.

Era una noche cerrada.





Mateo, con una fuerte alergia y los pies chapoteando en el agua, se aferró a la mano de Valeria. Detrás de ellos, su vecino Leonardo, con una mochila llena de herramientas y cables, lo siguió con Eliana, que conocía cada atajo de su barrio. Eran cuatro estudiantes que habían crecido a la sombra del CEAMSE, el basural más grande de Sudamérica, y que habían aprendido a navegar por un mundo de contrastes sociales. Todos habían estudiado en la técnica de Suárez, El Instituto San Antonio de Padua y juntos fueron a la misma universidad en la zona.

No había refugio en sus casas, ni en las avenidas anegadas. Solo quedaba un lugar al que ir, un lugar que ellos, cuando fueron estudiantes de la Universidad Nacional de San Martín, consideraban su segundo hogar: el antiguo predio ferroviario que estaba más elevado. Así les dijo Eliana que conocía de topografía y antropología.

Corrieron, o más bien nadaron, a través de calles que ahora eran ríos. La estación de tren de Suárez, un punto de encuentro y de despedida de tantas historias, estaba sumergida. El aire olía a tierra mojada, a óxido y a algo más, algo que les helaba la sangre: un olor metálico y dulce, como si una herida gigantesca se hubiera abierto bajo la tierra. No se trataba solo de la inundación. Era alguna plaga desconocida.

Desde el agua, se elevaba una niebla verdosa y luminiscente. No era gas, no era vapor, vaya uno a saber que era.

Parecía un hongo, una forma de vida que había estado latente en los sedimentos tóxicos del Río Reconquista, alimentándose de la polución y la historia de la industrialización. Ahora, con el agua dulce del diluvio, había encontrado las condiciones perfectas para florecer. La niebla se movía con una mente propia, penetrando las casas, los autos y los cuerpos. Los que la tocaban se quedaban inmóviles, como estatuas, con los ojos vidriosos y la piel cubierta de una pátina verdosa. Una Plaga que los llevaba hacia la muerte. Convertía a las personas en extensiones vivientes de sí misma, en un ejército de títeres silenciosos que marchaban hasta que iban cayendo.

 


El grupo finalmente llegó a la universidad. El campus, construido sobre lo que alguna vez fue el playón ferroviario, se alzaba como una fortaleza de ladrillos rojos y acero. El antiguo Tornavías, una estructura giratoria usada para voltear vagones y locomotoras, era ahora la entrada principal, una puerta a un mundo de conocimiento y, quizás, la última esperanza de la humanidad. Por suerte, la arquitectura del lugar los había protegido de la mayor parte de la inundación.

 

En el interior, los pasillos estaban llenos de estudiantes y profesores asustados, que se apiñaban alrededor de los generadores de energía y enviaban mensajes a sus familias. Nadie entendía lo que estaba sucediendo, pero todos sentían la misma cosa: un frío existencial, la certeza de que estaban ante algo que trascendía la naturaleza. El conocimiento, que siempre había sido su refugio, ahora era su única arma.

 


Mientras el grupo recuperaba el aliento, Mateo vio a una figura sentada en un banco, una figura que parecía ser parte del cemento. Era un anciano, de barba blanca y ojos tan negros como el cielo tormentoso. Le decían “El Flaco”, un indigente de la zona que vivía entre las vías, un mito viviente, un vagabundo del barrio que solía hablar solo y contar historias que nadie quería escuchar.

Pero ahora, con los ojos fijos en la niebla verdosa que se acercaba, El Flaco se inclinó hacia ellos. "La cuenca del río se ha cobrado su deuda, ahora viene por nosotros", susurró con voz ronca. "Ahora, la historia de los hombres termina. A menos que alguien haga algo".

 

El Flaco miró a los cuatro jóvenes. En sus ojos, no había locura, sino un conocimiento que iba más allá del tiempo. "A menos que ustedes, los que estudian el pasado, se atrevan a construir el futuro".

Dos problemas vieron con la iluminación del campus. El primero eran esos hongos que flotaban sobre el agua inundada, el segundo que se lo marcó Elena. Habían visto unos caparazones de gliptodonte que habitó esta zona en épocas remotas, pero en su interior unas figuras deformes como si fueran babosas dentro de un caracol. Tal vez alguna sustancia química generó el desarrollo de estas bestias, o bien la fuerza del agua descubrió vida latente y con la corriente llegaron hasta la Universidad.

Mateo, se acordó de su profesor y sobre todo de una pregunta que le había hecho cuando su piscina por falta de mantenimiento se llenó de seres asquerosos y olorosos. En aquella oportunidad le dijo “échale cloro” y vas a ver como se limpia todo.

Una patrulla de profesores y alumnos partió a una fábrica de cloro y no tardó mucho en sanearse el agua.

La otra plaga también tuvo que ver con el ingeniero agrónomo en la memoria de Mateo cuando en su secundaria fueron a la huerta, que ellos llamaban aula verde y a las babosas las mató con el cloruro de sodio de la sal común.




Saberes simples, efectivos y básicos estuvieron en los cuatro jóvenes que recordaron soluciones fáciles a problemas complejos que un hombre con docencia y paciencia les enseñó.

Les decía una y otra vez: apaguen los teléfonos y enciendan la atención que estos consejos alguna vez le van a servir. Y sobre todo sean agradecidos.

Mateo salió a la calle a buscar al vagabundo y le llevó un impermeable, pan y vino. Charló un rato con él anciano.

Sus amigos lo miraron y les sorprendió ver que luego de la charla los dos se abrazaron y lloraron juntos.

Ese viejo despreciado y mal arreglado era nada más ni nada menos que el ingeniero Tomasini, su profesor de química.

 



 

jueves, 19 de febrero de 2026

En el hotel “ONLY ADULTS”

 

 



Buscábamos descanso en un “all inclusive del Caribe”. La agencia nos prometió piscinas, fiestas y excursiones. Unos amigos nos recomendaron probar la versión ‘Adults Only’. Sonaba perfecto: sin niños, sin gritos, solo placer.

Se merecen una experiencia distinta a todas las conocidas. Así nos dijo el joven de la agencia de viajes.

Nosotros solo estábamos buscando unos días de descanso en un hotel “all inclusive” y por el consejo de un matrimonio amigo que nos marcó un lugar en el caribe, decidimos ir a consultar.

En la agencia nos explicaron que tenían de todo, comidas y bebidas cuando quisiéramos, piscinas, mar, sombrillas, lugar de baile, fiestas, excursiones y dijimos:  Sí. ¡Esto es lo que queremos!

Habíamos planeado el viaje perfecto.

Muchos años sin veranear y esta era nuestra oportunidad de ponernos al día en un resort donde nos servirían como reyes y podríamos bajar a cero nuestro nivel de stress.




 

La fantasía de los resorts

 

Las fotos y los videos que nos mostraron en la agencia reflejaban un lugar paradisiaco. Sin duda que fue algo costoso, pero después de todo, los viajes además de alegrar el espíritu también reconfortan al cuerpo.

Todo sería como esas películas donde uno veía millonarios en el sauna, recibiendo masajes y comiendo delicias que estimularían nuestro paladar y nuestros ojos. Pero esta vez no serían millonarios, sino que seríamos nosotros mismos los que disfrutaríamos de esos placeres de la vida.

Como se entusiasma uno cuando nos cuentan de experiencias fascinantes de vacaciones, creo que nuestros sentidos se activan, nuestro corazón late más rápido y no vemos la hora de ser nosotros los protagonistas para disfrutar de un momento que no sabemos si se repetirá.

 

Consejos de amigos




 

Todo el relato que nos estimuló a sacar los pasajes era lindo, y además nos dieron consejos para el vuelo, los transportes terrestres y los lugares de excursiones. Nuestros amigos nos recomendaron algunas excursiones, y que vayamos a tal lado de mañana y a tal lado a la puesta del sol.

Entre tantos consejos nos dicen: ¿Pregunten que la misma cadena de hoteles, tiene otro “all inclusive”, exclusivamente para adultos? Ahí, ustedes la van a pasar mejor. No hay niños que hagan ruido, ni padres que están a los gritos.

Esa frase nos dejó pensando y cuando estábamos en la agencia le pregunté al muchacho. Y automáticamente me dijo que sí, que había lugar y que sería ideal para nosotros. Solo que había que pagar un poco más.

Ya estábamos en el baile y dijimos: Tengamos una experiencia distinta y veamos. No podíamos imaginar lo placentero que sería esas vacaciones especiales e hicimos uso de la imaginación de cómo sería un lugar así. Fantaseamos mucho, hasta que dijimos: no disfrutemos por anticipado, cuando lleguemos al Caribe que nos sorprenda la ilusión de conocer gente de otras partes del mundo, y hacer nuevas amistades.

A nosotros que vivíamos acelerados, tomarnos el tiempo para disfrutar al máximo sería salir de la rutina y encontrarnos con lo inesperado.

Y finalmente llegó el día. Nos esperaban en el aeropuerto, con un cartel con nuestro apellido mal escrito y nos llevaron en una combi al resort.

No podía dejar de pensar en la leyenda de la reserva: "Adults Only", mi mente voló directo a 50 Sombras de Grey. Me imaginé pétalos de rosa, antifaces y un minibar lleno de champaña, fiestas, bailes y más.

 

Ya estamos acá

Cuando llegamos al hotel estaban estacionadas dos ambulancias y pregunté si estaba todo bien. El enfermero me dijo que sí. Que solo era preventivo y que estaban siempre atentos ante cualquier eventualidad que pudiera producirse.

En la recepción fueron muy cordiales, nos explicaron detalladamente todas las actividades y sus horarios. Cargaron nuestras valijas en unos carritos tipo golf y nos indicaron donde debíamos ir. Igualmente nos acompañó otro joven en otro carrito que nos bajó el equipaje y continuó dándonos consejos.

Muy amable, por cierto, y allí llegó mi primera sorpresa. Le pregunté como iba a hacer para llevarse los tres carritos y me dijo que él volvía, y los otros carritos quedaban para que nosotros nos movilicemos todo el tiempo que queramos por el lugar de la isla al que quisiéramos ir.

 

Todo para el placer

 

En la entrada a la cabaña había un par de mecedoras que apuntaban al celeste mar, cada una con su correspondiente sombrilla y sobre la mesa un frasco de protector solar y dos gorros con el logotipo del hotel.

De allí veíamos otros matrimonios, a primera vista me parecieron mayores que nosotros. Algunas mujeres leyendo revistas y libros que proveía el hotel y los hombres jugando a las bochas o al tejo. Se escuchaban sus carcajadas de lejos y sin duda parecían felices. Los saludé de lejos y ellos me correspondieron el saludo.

Mientras traspasaba la puerta de entrada me quedó una idea que daba vueltas en mi cabeza. ¿Qué significaba “only adults”?

 

Amenities VIP

 

Sobre una mesa estaban los “Amenities VIP” muy completos para los “only adults”: Una muestra gratis de pañales para adultos "ultra absorbentes" y un folleto sobre los beneficios de la fibra; adhesivos para dentaduras; cremas con vitamina A y E fundamentales para evitar grietas y proteger la piel de la humedad del pañal; Champú seco o "sin enjuague"; tabletas limpiadoras: pastillas efervescentes (como Corega Tabs) que se dejan en un vaso con agua para desinfectar la prótesis durante la noche; pastilleros organizadores: semanales o diarios, con letras grandes y colores para evitar confusiones con las dosis; bastones y andadores; Un tensiómetro digital de brazo; suplementos nutricionales: bebidas como Ensure o Boost, que ayudan cuando el abuelo pierde un poco el apetito o necesita reforzar vitaminas y proteínas.




 

La "Gala" de la noche

Bajamos a cenar esperando un ambiente sensual, luces bajas y jazz. Encontramos un salón iluminado con tubos fluorescentes. El Menú: Nada de ostras ni chocolate. El plato estrella era compota de manzana sin azúcar y un puré de calabaza.

En la pared estaba la publicidad de un torneo de bochas extremo donde el premio era un vale por una sesión de kinesiología.

Una clase de yoga donde el mayor logro no era la flexibilidad, sino lograr levantarse del piso sin ayuda de terceros.

Al final, mi esposa me miró, levantó su copa de agua mineral y me dijo: Brindemos por nuestros amigos que nos recomendaron este lugar.

Volví a la habitación y “le pedí a Alexa que llamara a mis ex amigos y a la agencia. Y los mandé, con voz solemne, a la mismísima madre que los parió."

martes, 20 de enero de 2026

EL PESO DE LOS GENES

 

De tal palo tal astilla.


Este cuento es parte de la colección “El Décimo Infierno...” (El infierno que el Dante no se animó a escribir en La Divina Comedia)

 

Muchas maestras y profesores me lo contaron y les creo. Solo tuve que cotejar mi experiencia y coincidimos en todo.

Cuando el padre de un alumno es citado en un colegio, cuando se retira, surge una frase que es repetida incansablemente por los docentes y los directivos: “Viendo a los padres ahora entiendo por qué su hijo es así”.

 





 

Es una frase que viene del latín: “Qualis pater, talis filius” que se popularizó en el ámbito hispanohablante. Ese refrán, tan repetido en ámbitos escolares, me vino a la memoria en una ocasión muy particular que viví en la Feria del Libro…

Investigando encontré que el título de una obra del autor español José María de Pereda, hace una alusión más simbólica y metafórica: “De tal palo, tal astilla”.

Ahora bien, no solo estas observaciones son propias del ámbito académico, también se dan en otras instancias.

Recuerdo un episodio que me ocurrió en persona hace muchos años.

La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, era una ocasión donde se conocían autores que asistían para firmar sus propias obras.

Un placer que el libro digital no lo puede superar.

Nada más ni nada menos que llevarse una dedicatoria personal del escritor en la primera página de un libro de papel.

Tener su dedicatoria era un documento imborrable que nos daba un prestigio único y lo guardábamos con especial cuidado en nuestra biblioteca personal.

Además, del placer de conversar con un escritor y darle un abrazo o estrechar su mano ¡no tenía precio!

Mi presencia en la feria era otra, no era ni autor, ni público. Estaba allí en una tarea comercial, como encargado en el stand de una importante editorial universitaria.

Coordinaba las invitaciones con los autores para firmar ejemplares y era responsable de la exhibición y el éxito comercial.

No todos los autores tenían el privilegio de recibir gente para firmar sus propios libros, muy por el contrario, había autores que ya no vendían ni un solo libro y una vez que pasaba su cuarto de hora, ya nadie los solicitaba.

En las editoriales se desataba un conflicto, que tenía que ver con el espacio físico en los depósitos y muchas veces esos libros no vendidos terminaban en mesas de saldos de librerías de mala muerte. Pero antes de llegar a esa situación, la Feria del Libro, era la oportunidad de obtener un último recurso, tal vez más decoroso, que una mesa de saldos junto a otras obras viejas, amarillentas, polvorientas y hasta con algún bicho que se alimenta de la celulosa como:  polillas, gorgojos o el pescadito de plata un insecto que se nutre de papel y material de encuadernación.

Es así como entre otras interesantes publicaciones incorporábamos una mesa de ofertas con la finalidad de vaciar el depósito antes que rematar los libros a un especulador de saldos que no nos pagaría casi nada.

A los autores no les gustaba que sus “obras maestras” estuvieran en una mesa de ofertas, pero no nos quedaba otro remedio.

 

 

Recuerdo una oportunidad que un autor pasó y miró de reojo que sus libros estaban en “oferta” y nos mandó un colaborador para comprarlos y sacarlos de la mesa. Cuando escribió su novela era un hombre desconocido, pero con el paso del tiempo ocupó el cargo de la Dirección de Cultura de la Nación, y obviamente que no se podía permitir tal humillación y con una billetera llena de dinero su asistente compró todos sus libros de la mesa de saldos.

Mientras se acercó a la caja a pagar, le pedí a un vendedor que fuera al depósito del stand y llenara los espacios que habían quedado vacíos de los ejemplares que compró el funcionario. A lo que el asistente continuó gastando con la billetera del autor (o tal vez del Estado).

Si no me equivoco, ese fue el día que más vendimos…

De tantas anécdotas que se vivían en la Feria, recuerdo a un señor muy mayor con saco, y camisa sin abrochar el último botón, muy respetuoso y educado. Tenía una voz pausada y tranquila y entiendo que poseía un casi imperceptible acento madrileño.

Yo era un joven de barrio, como se dice en la argentina, conocía los códigos, el vocabulario y “la calle”, pero en la editorial disimulaba toda esa cultura popular, amoldándome al diálogo con autores, empresarios, embajadores, funcionarios y gente de la cultura. En otras palabras, poseía un lenguaje bilingüe: popular y selecto.

Este señor mayor se me acercó para hacerme una consulta. Yo era fácil de distinguir: elegante, saco, corbata, zapatos bien lustrados y atento a cualquier devenir.

Tan atento que la experiencia en ventas me había dado la virtud de reconocer observando el lenguaje corporal de la gente, si el cliente iba a comprar o no, e incluso podía anticipar que género literario estaba buscando.

 

 

El hombre mira la mesa de ofertas y le llamó la atención el precio. Entonces me consulta

 - “Qué autores buenos tienen ¿Por qué tan baratos?”

Sin duda que no le iba a explicar la historia del depósito, ni del exceso de stock.

Por otro lado, se notaba que salió a dar una vuelta para matar su aburrimiento y encontró alguien con quien hablar. Por lo que siguió preguntando

 – “¿Y me tengo que llevar los 10 libros?”

- Si. Le contesto, es una muy buena oferta. Tiene para leer todo el verano o si quiere los puede regalar y queda bien con mucha gente.

No iba a encontrar una oferta similar en toda la Feria, diez libros de grandes narradores y novelistas argentinos, inclusive el Director Nacional de Cultura por el valor equivalente a dos ejemplares.

El hombre seguía cuestionando con preguntas como

- “¿Puedo combinarlos como yo quiera?

 -Si, señor

- “¿Y puedo llevarme dos ofertas?”

– Si, señor

- ¿Y puedo llevar tres ofertas?”

Si, señor

 – “Y puedo mezclarlo con otros libros que no están en la oferta?”

- No señor

- “¿Por qué no puedo…?”

 – No señor. Puede combinar solo los que están en esta mesa, los otros tienen otros precios.

Y así fueron pasando los minutos. El hombre, continuaba realizando preguntas, pero no se le advertía ni necesidad, ni placer por la oferta. Simplemente pasaba el rato entreteniéndose a costa de su interlocutor, que era yo.

Después de muchas preguntas y muchos minutos continuamos con el pin pon de preguntas y respuestas.

Mi paciencia empezaba a agotarse, pero él parecía no satisfacerse y rebuscaba salidas incoherentes, tal vez para ver mi actitud o tal vez estaría haciendo una investigación sobre la paciencia humana.

Hasta que encontró una pregunta donde me descolocó.

 “¿Cuántos libros tiene en el stand?”

– Más de 3.000 ejemplares, le contesté

- “Entonces me llevo todos

-Muy bien, deme su dirección, así mañana a primera hora se los envío a su domicilio

- “No. Mañana no. ¡Los quiero ahora!”

-Señor ¿Cómo va a hacer para llevarse ahora 3.000 libros? Quédese tranquilo que mañana los tiene en su casa. Ahí me subió la voz, me apuntó con su dedo índice y casi a los gritos me dijo

- “A usted no le interesa, como me los voy a llevar, los quiero ahora y listo”.

Difícil el hombre, me dije. Hace 40 minutos que está dando vueltas sin comprar y ahora le cambió el humor, se encaprichó y me levanta la voz…

Le reiteré. Señor, usted no va a poder salir de esta feria con tantos libros en la mano. Además, yo no le puedo vender tantos libros de este stand. En este lugar no hacemos ventas mayoristas.

El anciano parecía sentirse feliz, mi respuesta era como combustible para encender más su fuego. Y me seguía gritando

- “¿Por qué usted no puede venderme todos libros del local?”

-Ya le dije. Además, si yo le vendo todos los ejemplares del local, no me quedan para venderle a los clientes, entiende.

Se colocó los dos brazos sobre la cintura como si fuera un jarrón de porcelana y me exclamó.

 

 

- “¿Usted me hace acordar a un manisero, que cuando yo era chiquito, mi papá le hizo la misma pregunta, que yo le estoy haciendo a usted? véndame todo. Y el manisero le contestó como usted… Si le vendo todo, no voy a tener para venderle al resto de la gente”.

Esa. Si esa era la situación a la que quiso llegar el anciano que vino a matar su aburrimiento en el stand de venta de libros. Necesitaba hablar con alguien y yo caí de la peor forma.

Pero todavía, me quedaba un recurso. Mi experiencia callejera, mi vocabulario popular…

Entonces lo miré tomándome unos segundos, como para que entienda que le iba a contestar. Hice silencio prolongado, a propósito, lo miré profundamente como para angustiarlo con la espera.

Y le dije.

-Señor por lo que usted me acaba de decir, veo no hay ninguna duda que usted es hijo legítimo de su papá.

No lo dude. No hace falta que se haga un ADN. Usted es un pelotudo (*) por genética y présteme atención, si sus hijos son distintos, desconfíe de su mujer.

Anote en su libro de experiencias que la pelotudez se hereda.

 



 

Pablo Demkow

Este cuento es parte de la colección “El Décimo Infierno. El infierno de lo pelotudos(El infierno que el Dante no se animó a escribir en La Divina Comedia).

https://www.blogger.com/blog/post/edit/680135734915286083/6106068420518039356

 

(*) Pelotudo es un término coloquial y malsonante usado principalmente en Argentina, Uruguay y Chile. Se emplea como insulto para referirse a alguien considerado tonto, torpe o que actúa sin inteligencia.

martes, 30 de diciembre de 2025

Literatura o Inteligencia artificial ¿Cuál es más creativa?

 


Un día como hoy de 1906 nacía mi papá Jacobo Demkow en Tarnopol Polonia y a sus 22 años llegó a la Argentina en 1928 luego de recorrer medio mundo por tierra y por mar.

Hace poco fui al hotel de inmigrantes, y revisé su filiación y decía: “Labrador” como todos sus ascendientes de aquella fértil llanura polaca.

A dos horas de cabalgata de la ciudad de Tarnopol se encuentra la aldea de Pochapyntsi un lugar rural donde sus habitantes vivían de un lado de la calle paralela al río Ruda y se dedicaban a la agricultura y la cría de animales.

Recuerdo que mi papá me contó haber visto junto a sus padres el paso del cometa Halley, con cierto miedo de ser el fin del mundo. Siendo tan pequeño, veo que tuvo que haber sido tan evocativo que quedó en su memoria.

A los 8 años ya no pudo estudiar más. Lo sorprendió la Primera Guerra Mundial, y quedó huérfano de padre. Su mamá con 27 años quedó viuda con Demetrio el mayor, luego Jacobo (mi padre), Esteban, Miguel y no se si ya había nacido o estaba por nacer María.

Es decir, mi abuela Carolina quedó viuda y con 5 hijos.

Mi abuelo de nombre Pavel (Pablo en castellano) murió en la guerra defendiendo con honor su patria.

Estamos hablando del año 1914 en la batalla de Tarnopol contra el ejército ruso.

Desde ese momento todos los hermanos tuvieron que trabajar el campo para ayudar a sostener la familia.

Con 22 años cumplidos en 1928 recorrió 1700 kilómetros, seguramente haciendo algún trasbordo en tren hasta llegar al puerto de Ámsterdam y tomarse un barco hasta Buenos Aires. ¿Qué horrible habrá sido vivir la época de guerra? Recuerdo una historia donde mi papá me contó de un campo de concentración de prisioneros de guerra.

Ellos eran niños y jugaban cerca, cuando advierten que los presos los llamaban pare pedirles comida. Ellos eran pobres y no tenían los recursos y seguramente los guardias, solo por el hecho de ser niños no los arrestaron. Entonces les tiraban productos de la huerta propia para que los reclusos se alimentaran. Y más de una vez los vio comer papas (patatas) crudas para saciar el hambre y hasta pelearse por esa minúscula ración de alimento.

Tal vez, horrorizado por tantas situaciones inhumanas lo motivaron a dejar a su familia, en busca de la libertad.

Luego vino la Segunda guerra mundial, pero él ya estaba en Buenos Aires y sufrió al perder contacto con su madre y sus hermanos, luego se enteró que el gobierno de la Unión Soviética les confiscó sus tierras y tuvieron que irse de allí.

Actualmente Tarnopol ya no es Polonia, hoy es Ucrania. ¿Qué difícil de entender son las guerras, donde uno pierde su familia, su dignidad y su arraigo?

Mi papá perdió a su padre a los 8 años, yo lo perdí a él, a los 13 años, y me quedan muy pocos recuerdos, pero me propuse homenajearlo contando algunas historias, haciendo un esfuerzo de memoria.

Con la tecnología de inteligencia artificial pude ponerle colores a la fotografía en blanco y negro y hacerlo caminar por las calles de Buenos Aires.

Pero me dije: La literatura tiene más imaginación que la inteligencia artificial, ahora mismo puedo contar muchas historias que pasaron simplemente del recuerdo de la boca de mi padre.

Mi papá cabalgaba en pelo arriba del caballo, porque había sido un hábil jinete en el campo. Y la primera vez que se cayó del caballo fue en Hurlingham, provincia de Buenos Aires. El día que su caballo vio un automóvil por primera vez, el caballo se asustó y lo tiró al piso.

Pero curiosamente, él y yo juntos en 1969 vimos por televisión al hombre alunizando en la Luna. Contrariedades del Siglo XX “Cambalache”, como dice el Tango.

Mientras estuvo en el Hurlingham club, trabajó como Mucamo, allí atendió al Príncipe Felipe, a delegaciones británicas, a la selección de rugby (recuerdo que mi mamá les lavaba la ropa y en soga de casa estaban todas las camisetas originales) e innumerables invitados que llegaban a la Argentina.

 Él allí se acostumbró a prepararle el té a los ingleses algo que se volvió infaltable en casa con el tiempo.

Pero en los ratos libres, cuando estaba soltero, también trabajaba de caddie. Un caddie, es aquella persona que cargaba los palos de golf al hombro para que el jugador no se molestara, ni levantara peso. Hoy día se usan carritos, inclusive carritos a control remoto, pero en aquel momento una forma de ganarse la vida era cargar los palos al hombro.

Como era empleado del mismo club, también lo dejaban jugar. Un día vi una publicación de la Asociación Argentina de golf donde estaban los socios anotados por orden alfabético y me llamó la atención que pocos nombres más abajo estaba De Vincenzo, el gran campeón argentino e internacional de golf. Simplemente era un orden alfabético, pero el verlo a muy pocos renglones me hacía generar algún tipo de expectativas.

Entonces fue cuando me contó una interesante historia.

El golf es uno de esos deportes en los cuales. La gente no se retira joven, sino que es muy probable que un jugador adolescente juegue hasta el último día de su vida.

La historia es la siguiente:

Un día Roberto de Vincenzo, el gran campeón, iba a ir al Hurlingham club. Mi papá se anotó para hacer de Caddie, llevarle los palos y poder conversar con él.

El primer día hizo mucho calor, hicieron un par de hoyos y De Vincenzo se volvió a la habitación. Mi papá fue la biblioteca y encontró una foto en el diario La Prensa donde se veía el hoyo 8, que reconoció porque aparecía una granja lindera en la cual De Vincenzo había usado muy pocos golpes para convertir.

A mi padre le llamó la atención porque él no bajaba de los 12 golpes ¡una barbaridad! El segundo día nuevamente acompañó al gran maestro y le preguntó. -Dígame, Roberto en esta foto del hoyo 8 ¿Cómo hizo para hacer tres golpes?

El campeón, tomó el diario vio la granja detrás y hizo un esfuerzo de memoria y le dijo -Ahora me acuerdo, “me arriesgué y la tiré por arriba de los pinos…”

Me acuerdo de que me dieron 3 o 4 indicaciones como para hacerlo, pero ninguna de ellas me servía entonces tomé la decisión de tirar la pelota por encima de los pinos. Y es así como entonces pude hacer 3 golpes.

Ese mismo día mi papá practicó y de 12 golpes bajó a 8 y tampoco podía acercarse a lo que, De Vicenzo, le había indicado.

Al día siguiente nuevamente le preguntó, ¿dígame, maestro, está seguro de que la tiraba por arriba de los pinos? Mientras caminaban llegaron al hoyo en cuestión. De Vicenzo, mira el lugar, se da cuenta a donde apuntaba la pregunta, se ríe y dice: sabe que pasa. Yo la tiré por arriba de los pinos hace 30 años. Ahora los pinos crecieron… Hay que buscar otra manera de llegar.

No sé si la historia habrá gustado. Tal vez lo que quise demostrar es que la imaginación humana, La literatura, el contar cuentos y, sobre todo, el orgullo de hablar del padre de uno a veces es más importante, más vivencial que lo que puede hacer una imagen de inteligencia artificial.

martes, 23 de diciembre de 2025

Una historia de Navidad, sin pinos, sin nieve, sin trineo y sin Papá Noel

 Orejotas el compañero de María

Orejotas ya había cumplido los 5 años y desde pequeño ayudó a José el carpintero a llevar puertas, ventanas y otras artesanías de madera.

Orejotas era un burro muy dócil y doméstico. Le encantaba las caricias que diariamente le daba María respondiéndole con un ¡Iii-aaa!, ¡hiaaa! Mientras sacudía la cabeza de arriba hacia abajo. Luego tomaba agua y comía heno que la esposa de José le daba en la boca y Orejotas volvía a hacer otro rebuzno mientras sus orejas se movían hacia adelante y hacia atrás. Seguramente por eso le habrán puesto Orejotas. Era tan doméstico y cariñoso que entre el movimiento de sus ojos y de sus orejas pareciera que entendiera todo lo que le decían.

María era muy cariñosa y tenía el cuerpo de toda quinceañera judía, baja y pequeña, casi una niña que veía crecer su vientre porque estaba en la dulce espera. Ella no había conocido varón, y José sería su prometido hasta que un día Dios envió a un arcángel de nombre Gabriel a decirle que estaba embarazada y si bien aún no convivía con José este era el milagro más importante de la creación. El arcángel Gabriel le dijo que ella iba a concebir al “Hijo del Altísimo”.

José estaba confundido y pensó en divorciarse, pero a él también se le apareció un ángel y le dijo que no temiera tomarla como esposa porque el niño que llevaba en su vientre era obra del Espíritu Santo, y que debía llamarse Jesús.

El arcángel también le contó otra noticia a María que la tomó por sorpresa. Le preguntó si se acordaba de su prima Isabel. María no dudó, le dijo que sí. Y rápidamente le dijo, porque me lo dices, ella ya es una anciana. ¿Le pasó algo? Preguntó ansiosa por su salud, a lo que el arcángel le dijo tu hijo y el suyo jugarán juntos. María lo miró y asombrada le hizo entender que estaba equivocado, no podía ser su prima, ya que Isabel era estéril, no tuvo hijos y ya era una anciana. María le remarcó que estaba equivocado.

Gabriel, le replicó: Para Dios no hay cosas imposibles, será anciana y estéril, pero ella también está embarazada y ya está de 6 meses.

Toma a Orejotas y ve a ayudarla. Luego vuelves a Nazareth junto a José, que te aguardará feliz y contento esperando el momento en que nazca tu hijo al que le pondrás el nombre de Jesús.

María viajó “sin demoras” de Nazaret a Judea para ayudar a su parienta en los últimos meses antes del parto. Después de que nació el hijo de Isabel y Zacarías le pusieron de nombre Juan y con el tiempo se convertiría en Juan el Bautista.

Para Orejotas, el viaje fue duro, pero llevaba con alegría a María como si no le incomodara, o simplemente como si no le pesara. Cada tanto rebuznaba con el conocido ¡Iii-aaa!, ¡hiaaa!

Atravesaron el Valle del Jordán, luego siguieron el río de sur a norte hasta el Mar Muerto y allí lo más difícil subieron las áridas montañas de Jerusalén, con una trepada de casi 1.000 metros luego de caminar por unos 45 kilómetros.

Hasta que finalmente las primas se encontraron, dos mujeres embarazadas, una joven y la otra ya muy madura, y cuando María la llamó a Isabel, tal fue la sorpresa que ambos vientres se movieron de alegría y se lo hicieron saber a sus madres.

Una vez que nació Juan el Bautista, después de 3 meses y con la ayuda de María en el parto, emprendió el regreso a Nazareth, a la carpintería a encontrarse con José.

Nuevamente Orejotas con alegría llevó a esa mujer feliz de regreso a su casa.

Mientras tanto en Roma, cabeza del Imperio, el emperador César Augusto, había ordenado realizar un censo y requería que todos se registrarán en su ciudad de origen. Fue así como José era descendiente del Rey David y debía empadronarse en Belén, así que María al tiempo de llegar de Judá, preparó sus cosas para acompañar a su marido a Belén, a pesar de su avanzado embarazo.

Esta vez Orejotas, también iría y debía caminar más de 130 kilómetros entre paisajes áridos, desérticos y peligrosos. Su marcha le demoraría entre 4 y 5 días. No obstante, los fríos vientos del invierno y las tormentas de arena serían un desafío único para la joven familia.

Al llegar a Belén, José buscó a otros parientes de su mismo linaje. Belén era un pequeño pueblo judío con calles angostas y casas de piedra caliza y barro. Las casas eran muy rústicas y el pueblo estaba abarrotado de gente por el censo de los romanos. No pudieron encontrar un lugar donde pasar la noche que ya se acercaba, era uno de los días más cortos del año y el atardecer, entre la oscuridad y el frío requerían un sitio más cómodo para la embarazada, pero el hotel no tenía vacantes y ni los parientes tenían un lugar.

Fue así como se dirigieron por un camino iluminado por una estrella y vieron unos faroles de aceite en un establo donde los pastores guardaban ovejas, cabras y otros animales de cría. El olor era fuerte y María empezó a sentir dolores de parto. Mientras bajaba de Orejotas observó el lugar donde comían los animales llenos de paja llamado pesebre y fue allí donde nació el niño Dios.

María dio a luz a su hijo, lo envolvió en pañales y entre los llantos del niño y los rebuznes de Orejotas, los pastores se miraron sonrientes como si hablaran mutuamente, cada ¡Iii-aaa!, ¡hiaaa!  Orejotas hacía reír al niño.

Toda esta historia, ya se había escrito antes en el antiguo testamento. Muchos profetas esperaban este acontecimiento exactamente en ese lugar en las condiciones que se dio.

No estoy seguro si el burro se llamaba Orejotas. Solo sé que la Virgen María se bajó del burro y fue directo al pesebre. Bajarse del burro tiene un nombre, se llama desasnarse, primero se desasnó ella, y después de esta historia otros más se desasnarán.


autor: Pablo Demkow


domingo, 17 de agosto de 2025

El arte de confundir el bien con el mal

 Texto no apto para fanáticos políticos, obsecuentes, flojos y serviles ideológicos.



Leer la novela 1984 no es una lectura placentera. 

Perdón, no escribí ni diez palabras y ya tengo que hacer una aclaración.

Leer la novela 1984 no es una lectura placentera, sobre todo si eres argentino y a medida que lees descubres que no es ficción, que lo que redacta George Orwell en su novela escrita hace más de 75 años.

Para los argentinos el libro 1984 no es ficción. Todo pasó, como si el autor fuera un profeta contemporáneo.

La Argentina tuvo su momento de esplendor y de crecimiento sustentable desde 1880 hasta 1930. Dirá la Enciclopedia Británica  "El desarrollo argentino a fines del siglo XIX y principios del XX fue un período de notable crecimiento económico impulsado por el modelo agroexportador, la inversión extranjera y la llegada de inmigrantes. Este crecimiento transformó la economía, la sociedad y el territorio argentino, dejando una marca importante en la historia del país."

La Argentina recibe una corriente inmigratoria europea, sumada a una política expansionista, educativa y de desarrollo pensada en la consolidación de un país moderno poniendo la proa en un futuro prometedor por los recursos naturales, la educación y la ética de sus gobernantes.

Sin embargo en el transcurrir del siglo XX y XXI el país cayó en la época de "las vacas flacas" que la previsión de la "vacas gordas" no alcanzó para evitar su caída.

Una editorial del diario "La Nación" del 17 de agosto de 2025 señala un detalle de la realidad que bien podría ser parte de la novela de George Orwell.

En 2011 durante el segundo mandato de Cristina Fernández viuda de Kirchner buscó profundizar el populismo para hacerlo “sustentable” pues, “ganada la batalla cultural contra los medios y triunfando en las elecciones, no tendremos límites”.  Pero la oposición denunciaba y no solo denunciaba se veía por televisión la corrupción como un funcionario de su gestión en la madrugada llevaba 10 millones de dólares a un convento, otro trasportaba "bolsos"  llenos de dinero que eran entregados en la casa de gobierno, la residencia presidencia, y en el Instituto Patria, sede del partido gobernante y el chofer tomaba nota en lo que se llamó la causa cuadernos. Entre otros episodios de la corrupción política se transmitió por televisión gente contando billetes en un lugar llamado "La Rosadita" (haciendo alusión a la casa de gobierno), sumando denuncias por la ruta del dinero K, el lavado de dinero con hoteles propiedad del matrimonio presidencial y corrupción en la obra pública además de una larga lista de episodios cuya única finalidad fue la destrucción, económica, educativa y moral de la argentina.

Continuando con la editorial del diario La Nación, textualmente dice a continuación: "Esa batalla cultural contra los valores del trabajo y el esfuerzo, el ahorro y la inversión, el mérito y el progreso, el premio y el castigo los llevaron a cooptar el Estado para "Ir por todo" y arrollar a la clase media, muro histórico de contención. Aquella ofensiva incluyó una reversión de la historia argentina, para que los jóvenes creyeran que todo comenzó en 2003.  

 La prédica sistemática inculcó valores opuestos a los que hicieron de la Argentina un gran país. Se reescribió la historia de Mitre, se ridiculizó a Sarmiento, se ignoró a Avellaneda y se denostó a Roca (a quien Perón admiraba). El ideario de Eduardo WildePaul Groussac, Miguel Cané, Carlos Pellegrini y Joaquín V. González fue sustituido por mitos precapitalistas que retrotrajeron a tiempos coloniales.

Se calificó de bueno, lo malo. Y lo peor, de ejemplar. Incumplir obligaciones, violar contratos, controlar precios, congelar tarifas, licuar salarios, digitar jubilaciones, manipular el dólar, limitar importaciones, bloquear exportaciones, aplaudir defaults, falsear índices, aniquilar la moneda, perseguir a la prensa, manipular pautas, malversar recursos, subsidiar tarifas, subvencionar transportes, acrecentar déficits, multiplicar ñoquis, someter intelectuales, subordinar la docencia, emplear adeptos, estatizar actividades, prohibir despidos, impedir desalojos, liberar presos y humillar a los necesitados. Suma de desatinos que afectó la brújula moral del pueblo argentino.  


Con la destrucción de la moneda se esfumó el ahorro. Con los controles de precios, se vaciaron las góndolas. Con la escasez, prosperó el mercado negro. Con las leyes de locación desaparecieron los alquileres. Con el cepo cambiario se detuvieron las fábricas, salvo de los amigos. Con la degradación de la escuela pública se incrementó la desigualdad educativa. Con el adoctrinamiento escolar se obturó el pensamiento crítico. Con la falta de inversión se redujo el empleo regular. Con la falta de trabajo formal se desarticularon las familias. Con la informalidad se desfondó el sistema previsional. Con el clientelismo se politizaron las oportunidades. Con el garantismo se privilegió a los victimarios. Con la mayor inseguridad se dañó la vida comunitaria.

Tras el telón de los nuevos derechos se expandieron la pobreza, el desempleo, la informalidad y los planes sociales, el abandono escolar, la violencia familiar, la desnutrición infantil, el negocio del paco y el delito para obtenerlo. Se multiplicaron los punteros, manteros, cartoneros y okupas con sus tomas, marchas, piquetes y acampes.

En el libro "1984" George Orwell cuenta que el Ministerio de la Paz, se encarga de la guerra, lo que parece una contradicción. Esta paradoja, junto con otras como el Ministerio de la Verdad encargándose de las mentiras, ilustra el concepto de doblepensar, una manipulación lingüística y mental clave en la novela. El doblepensar permite al Partido mantener el control social al hacer que la gente acepte contradicciones como verdades. 

Tan penetrante fue el hecho de confundir el bien con el mal, que los propios acólitos

 y no pueden acepar lo obvio, ni con documentos, ni con imágenes. 

Tan fuerte fue la novela trágica argentina que los lectores se sintieron protagonistas

 y defensores de lo terrible que vivieron, hasta el hartazgo de defender lo indefendible.

¿Podrán algún día entender que el mundo tiene otras realidades, 

y escaparse de la ficción?