Dicen que el Rey Enrique VIII de Inglaterra tenía un perro al que le puso el nombre de “Purkoy”, producto de la palabra francesa "pourquoi" porqué el can era muy curioso.
Pero llamar “Porqué” a
un perro además de curioso para el que hace la pregunta - ¿Cómo se llama el
can? – ocasionaba una conversación mucho más insólita.
¿Cómo se llama el perrito?
"Porqué".
Dígame por favor ¿Quería
acariciarlo?
Porqué.
No se enoje su majestad, es
muy bonito ¿Cómo lo llamo?
Porqué
Y así se producían infinidad
de confusiones.
"Porqué" fue el perro mascota de Ana Bolena, su segunda esposa. Algunas fuentes afirman que se trataba de un Bichón Habanero, un perro originario de Cuba, o tal vez un pequeño spaniel.
Algo parecido ocurrió en la provincia de Córdoba, donde Piturro generó el mismo debate que el rey de inglaterra.
Atención que
Piturro no era el nombre del perro, sino el de su dueño. El perro fue bautizado
con el nombre de “Cual”.
... imaginemos preguntar en Córdoba - ¿Cómo se llama el perro?- "Cual", ¿Ese perro?- ¿Cual? y así indefinidamente.
En el palacio, como en las
sierras cordobesas el colocar a una mascota un nombre interrogativo, sin duda
que deja de ser gracioso para ser grotesco.
En una tarde de verano
escuchar una jauría de perros ladrando en forma caótica es insoportable, sobre
todo si la temperatura a la sombra pasa los 38 grados y la garganta se seca, más
la transpiración y la falta de ventiladores, uno anhela un lugar más placentero
como una siesta con aire acondicionado.
Desde que el primer perro
solista que inspiró a todos sus hermanos a un coro perruno, la tarde se volvió más
insoportable, mientras el reloj se movía en cámara lenta, yo esperaba la hora de
salir de mi actividad.
Era un 29 de diciembre y desde
el medio día esperaba a Marquitos en la mesa de examen de morfología sonora, un
taller para aprender a producir formatos radiales o virtuales.
Marcos ya estaba a punto de
recibirse, pero adeudaba ese taller desde hacía tres años. Las autoridades del
instituto habían fijado esa fecha y por reglamento debía esperarlo hasta la
hora del té.
Gracias a Dios la tecnología
me permitió comunicarme con él por correo electrónico y no dudé en enviarle
ánimos, sugerirle un plan de estudios, resolverle algunas dudas, pero lo más
importante fue confirmar si se presentaría al examen ya que Marcos era el único
alumno.
Si la respuesta hubiera sido
negativa, la piscina de casa o la siesta con aire acondicionado sería el
comienzo de mis vacaciones. Pero Marquitos jamás contestó y ese 29 de diciembre
se hizo extremadamente largo.
Creo que estaba somnoliento
cuando escuché el timbre de finalización de la jornada, me despedí de mis
colegas con un “nos vemos el año que viene” y salí apresuradamente, rumbo a mi
domicilio. Ya los ladridos de los perros dejaron de interesarme y en ese único
y preciso instante comencé mis vacaciones.
Casi dos meses después Marcos
como si nada, se apareció por el instituto con la finalidad de rendir su último
examen.
Lo esperé con los brazos
abiertos, le dije que se quede tranquilo que sería un examen muy simple, corto,
fácil y preciso. Le entregué las consignas para producir un podcast que apenas
debería durar un par de minutos y nada más.
Todavía no puedo explicarme
porque Marquitos estaba tan asustado.
Relajate -le dije- Te voy a
dar un cuento del escritor uruguayo Mario Benedetti de apenas trece renglones
para que, utilizando su argumento, le hagas una adaptación al día de hoy.
Recordemos que el cuento fue escrito en 1989 y en el mundo pasaron muchas cosas
que el alumno podría incorporar en la adaptación al podcast.
Un podcast es una serie de
contenidos en audio digital que se puede escuchar a la carta, o en streaming
o, a través de plataformas como Spotify, Apple Podcasts o sitios web. Se
caracteriza por tratar temas específicos en episodios, con mayor flexibilidad
de tiempo y temática, permitiendo la suscripción y escucha en cualquier momento.
Le di las características metodológicas,
entre ellas que durara como máximo dos minutos y allí debía mostrar técnicas
como mezcla, empalmes, limpieza de la voz, música incidental de fondo, efectos
especiales, guion, locución, incorporación y actualización de contenidos para
un público joven del año dos mil veintiséis incorporando escenas, costumbres y una cultura actual.
Por un instante, volví a la
edad media y dudé si Dulcinea del Toboso, la agraciada mujer de Alonso Quijano,
más conocido por su seudónimo de "El Quijote de la Mancha", según la pluma de
Miguel de Cervantes y entonces pensé si ella realmente le creía a su amado todas las historias de caballería que a él se le ocurrían.
Todas las épocas tuvieron
locos que trascendieron, desde las novelas medievales hasta los influencer en
el Siglo XXI. Para algunos la realidad es una creación social, para otros la
realidad es superada por los trasgresores.
Volviendo a Marquitos, hizo un
buen trabajo, adaptó el cuento de Mario Benedetti “El hombre que aprendió a
ladrar” incorporando las actitudes de los therians que son personas que se
identifican espiritual o psicológicamente con un animal no humano, sintiendo
que son ese animal, a pesar de tener un cuerpo
humano.
Marcos jamás olvidará que para
aprobar su examen tuvo que ladrar como un perro.
Y según Rocinante y Sancho, la
frase "Ladran, Sancho, señal que cabalgamos" jamás la pronunció el
Quijote de La Mancha, su origen pertenece al poema "Kläffer” de Goethe, popularizado
luego por Rubén Darío.
El hombre que aprendió a ladrar
Mario
Benedetti
Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar.
¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento?
Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros.
Amor es comunicación.
¿Cómo amar entonces sin
comunicarse?
Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales.
A pesar de su amor por los
hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz
visión del mundo.
Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?”.
La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar.
Cuando
ladras, todavía se te nota el acento humano.”
FIN