martes, 23 de diciembre de 2025

Una historia de Navidad, sin pinos, sin nieve, sin trineo y sin Papá Noel

 Orejotas el compañero de María

Orejotas ya había cumplido los 5 años y desde pequeño ayudó a José el carpintero a llevar puertas, ventanas y otras artesanías de madera.

Orejotas era un burro muy dócil y doméstico. Le encantaba las caricias que diariamente le daba María respondiéndole con un ¡Iii-aaa!, ¡hiaaa! Mientras sacudía la cabeza de arriba hacia abajo. Luego tomaba agua y comía heno que la esposa de José le daba en la boca y Orejotas volvía a hacer otro rebuzno mientras sus orejas se movían hacia adelante y hacia atrás. Seguramente por eso le habrán puesto Orejotas. Era tan doméstico y cariñoso que entre el movimiento de sus ojos y de sus orejas pareciera que entendiera todo lo que le decían.

María era muy cariñosa y tenía el cuerpo de toda quinceañera judía, baja y pequeña, casi una niña que veía crecer su vientre porque estaba en la dulce espera. Ella no había conocido varón, y José sería su prometido hasta que un día Dios envió a un arcángel de nombre Gabriel a decirle que estaba embarazada y si bien aún no convivía con José este era el milagro más importante de la creación. El arcángel Gabriel le dijo que ella iba a concebir al “Hijo del Altísimo”.

José estaba confundido y pensó en divorciarse, pero a él también se le apareció un ángel y le dijo que no temiera tomarla como esposa porque el niño que llevaba en su vientre era obra del Espíritu Santo, y que debía llamarse Jesús.

El arcángel también le contó otra noticia a María que la tomó por sorpresa. Le preguntó si se acordaba de su prima Isabel. María no dudó, le dijo que sí. Y rápidamente le dijo, porque me lo dices, ella ya es una anciana. ¿Le pasó algo? Preguntó ansiosa por su salud, a lo que el arcángel le dijo tu hijo y el suyo jugarán juntos. María lo miró y asombrada le hizo entender que estaba equivocado, no podía ser su prima, ya que Isabel era estéril, no tuvo hijos y ya era una anciana. María le remarcó que estaba equivocado.

Gabriel, le replicó: Para Dios no hay cosas imposibles, será anciana y estéril, pero ella también está embarazada y ya está de 6 meses.

Toma a Orejotas y ve a ayudarla. Luego vuelves a Nazareth junto a José, que te aguardará feliz y contento esperando el momento en que nazca tu hijo al que le pondrás el nombre de Jesús.

María viajó “sin demoras” de Nazaret a Judea para ayudar a su parienta en los últimos meses antes del parto. Después de que nació el hijo de Isabel y Zacarías le pusieron de nombre Juan y con el tiempo se convertiría en Juan el Bautista.

Para Orejotas, el viaje fue duro, pero llevaba con alegría a María como si no le incomodara, o simplemente como si no le pesara. Cada tanto rebuznaba con el conocido ¡Iii-aaa!, ¡hiaaa!

Atravesaron el Valle del Jordán, luego siguieron el río de sur a norte hasta el Mar Muerto y allí lo más difícil subieron las áridas montañas de Jerusalén, con una trepada de casi 1.000 metros luego de caminar por unos 45 kilómetros.

Hasta que finalmente las primas se encontraron, dos mujeres embarazadas, una joven y la otra ya muy madura, y cuando María la llamó a Isabel, tal fue la sorpresa que ambos vientres se movieron de alegría y se lo hicieron saber a sus madres.

Una vez que nació Juan el Bautista, después de 3 meses y con la ayuda de María en el parto, emprendió el regreso a Nazareth, a la carpintería a encontrarse con José.

Nuevamente Orejotas con alegría llevó a esa mujer feliz de regreso a su casa.

Mientras tanto en Roma, cabeza del Imperio, el emperador César Augusto, había ordenado realizar un censo y requería que todos se registrarán en su ciudad de origen. Fue así como José era descendiente del Rey David y debía empadronarse en Belén, así que María al tiempo de llegar de Judá, preparó sus cosas para acompañar a su marido a Belén, a pesar de su avanzado embarazo.

Esta vez Orejotas, también iría y debía caminar más de 130 kilómetros entre paisajes áridos, desérticos y peligrosos. Su marcha le demoraría entre 4 y 5 días. No obstante, los fríos vientos del invierno y las tormentas de arena serían un desafío único para la joven familia.

Al llegar a Belén, José buscó a otros parientes de su mismo linaje. Belén era un pequeño pueblo judío con calles angostas y casas de piedra caliza y barro. Las casas eran muy rústicas y el pueblo estaba abarrotado de gente por el censo de los romanos. No pudieron encontrar un lugar donde pasar la noche que ya se acercaba, era uno de los días más cortos del año y el atardecer, entre la oscuridad y el frío requerían un sitio más cómodo para la embarazada, pero el hotel no tenía vacantes y ni los parientes tenían un lugar.

Fue así como se dirigieron por un camino iluminado por una estrella y vieron unos faroles de aceite en un establo donde los pastores guardaban ovejas, cabras y otros animales de cría. El olor era fuerte y María empezó a sentir dolores de parto. Mientras bajaba de Orejotas observó el lugar donde comían los animales llenos de paja llamado pesebre y fue allí donde nació el niño Dios.

María dio a luz a su hijo, lo envolvió en pañales y entre los llantos del niño y los rebuznes de Orejotas, los pastores se miraron sonrientes como si hablaran mutuamente, cada ¡Iii-aaa!, ¡hiaaa!  Orejotas hacía reír al niño.

Toda esta historia, ya se había escrito antes en el antiguo testamento. Muchos profetas esperaban este acontecimiento exactamente en ese lugar en las condiciones que se dio.

No estoy seguro si el burro se llamaba Orejotas. Solo sé que la Virgen María se bajó del burro y fue directo al pesebre. Bajarse del burro tiene un nombre, se llama desasnarse, primero se desasnó ella, y después de esta historia otros más se desasnarán.


autor: Pablo Demkow


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