martes, 30 de diciembre de 2025

Literatura o Inteligencia artificial ¿Cuál es más creativa?

 


Un día como hoy de 1906 nacía mi papá Jacobo Demkow en Tarnopol Polonia y a sus 22 años llegó a la Argentina en 1928 luego de recorrer medio mundo por tierra y por mar.

Hace poco fui al hotel de inmigrantes, y revisé su filiación y decía: “Labrador” como todos sus ascendientes de aquella fértil llanura polaca.

A dos horas de cabalgata de la ciudad de Tarnopol se encuentra la aldea de Pochapyntsi un lugar rural donde sus habitantes vivían de un lado de la calle paralela al río Ruda y se dedicaban a la agricultura y la cría de animales.

Recuerdo que mi papá me contó haber visto junto a sus padres el paso del cometa Halley, con cierto miedo de ser el fin del mundo. Siendo tan pequeño, veo que tuvo que haber sido tan evocativo que quedó en su memoria.

A los 8 años ya no pudo estudiar más. Lo sorprendió la Primera Guerra Mundial, y quedó huérfano de padre. Su mamá con 27 años quedó viuda con Demetrio el mayor, luego Jacobo (mi padre), Esteban, Miguel y no se si ya había nacido o estaba por nacer María.

Es decir, mi abuela Carolina quedó viuda y con 5 hijos.

Mi abuelo de nombre Pavel (Pablo en castellano) murió en la guerra defendiendo con honor su patria.

Estamos hablando del año 1914 en la batalla de Tarnopol contra el ejército ruso.

Desde ese momento todos los hermanos tuvieron que trabajar el campo para ayudar a sostener la familia.

Con 22 años cumplidos en 1928 recorrió 1700 kilómetros, seguramente haciendo algún trasbordo en tren hasta llegar al puerto de Ámsterdam y tomarse un barco hasta Buenos Aires. ¿Qué horrible habrá sido vivir la época de guerra? Recuerdo una historia donde mi papá me contó de un campo de concentración de prisioneros de guerra.

Ellos eran niños y jugaban cerca, cuando advierten que los presos los llamaban pare pedirles comida. Ellos eran pobres y no tenían los recursos y seguramente los guardias, solo por el hecho de ser niños no los arrestaron. Entonces les tiraban productos de la huerta propia para que los reclusos se alimentaran. Y más de una vez los vio comer papas (patatas) crudas para saciar el hambre y hasta pelearse por esa minúscula ración de alimento.

Tal vez, horrorizado por tantas situaciones inhumanas lo motivaron a dejar a su familia, en busca de la libertad.

Luego vino la Segunda guerra mundial, pero él ya estaba en Buenos Aires y sufrió al perder contacto con su madre y sus hermanos, luego se enteró que el gobierno de la Unión Soviética les confiscó sus tierras y tuvieron que irse de allí.

Actualmente Tarnopol ya no es Polonia, hoy es Ucrania. ¿Qué difícil de entender son las guerras, donde uno pierde su familia, su dignidad y su arraigo?

Mi papá perdió a su padre a los 8 años, yo lo perdí a él, a los 13 años, y me quedan muy pocos recuerdos, pero me propuse homenajearlo contando algunas historias, haciendo un esfuerzo de memoria.

Con la tecnología de inteligencia artificial pude ponerle colores a la fotografía en blanco y negro y hacerlo caminar por las calles de Buenos Aires.

Pero me dije: La literatura tiene más imaginación que la inteligencia artificial, ahora mismo puedo contar muchas historias que pasaron simplemente del recuerdo de la boca de mi padre.

Mi papá cabalgaba en pelo arriba del caballo, porque había sido un hábil jinete en el campo. Y la primera vez que se cayó del caballo fue en Hurlingham, provincia de Buenos Aires. El día que su caballo vio un automóvil por primera vez, el caballo se asustó y lo tiró al piso.

Pero curiosamente, él y yo juntos en 1969 vimos por televisión al hombre alunizando en la Luna. Contrariedades del Siglo XX “Cambalache”, como dice el Tango.

Mientras estuvo en el Hurlingham club, trabajó como Mucamo, allí atendió al Príncipe Felipe, a delegaciones británicas, a la selección de rugby (recuerdo que mi mamá les lavaba la ropa y en soga de casa estaban todas las camisetas originales) e innumerables invitados que llegaban a la Argentina.

 Él allí se acostumbró a prepararle el té a los ingleses algo que se volvió infaltable en casa con el tiempo.

Pero en los ratos libres, cuando estaba soltero, también trabajaba de caddie. Un caddie, es aquella persona que cargaba los palos de golf al hombro para que el jugador no se molestara, ni levantara peso. Hoy día se usan carritos, inclusive carritos a control remoto, pero en aquel momento una forma de ganarse la vida era cargar los palos al hombro.

Como era empleado del mismo club, también lo dejaban jugar. Un día vi una publicación de la Asociación Argentina de golf donde estaban los socios anotados por orden alfabético y me llamó la atención que pocos nombres más abajo estaba De Vincenzo, el gran campeón argentino e internacional de golf. Simplemente era un orden alfabético, pero el verlo a muy pocos renglones me hacía generar algún tipo de expectativas.

Entonces fue cuando me contó una interesante historia.

El golf es uno de esos deportes en los cuales. La gente no se retira joven, sino que es muy probable que un jugador adolescente juegue hasta el último día de su vida.

La historia es la siguiente:

Un día Roberto de Vincenzo, el gran campeón, iba a ir al Hurlingham club. Mi papá se anotó para hacer de Caddie, llevarle los palos y poder conversar con él.

El primer día hizo mucho calor, hicieron un par de hoyos y De Vincenzo se volvió a la habitación. Mi papá fue la biblioteca y encontró una foto en el diario La Prensa donde se veía el hoyo 8, que reconoció porque aparecía una granja lindera en la cual De Vincenzo había usado muy pocos golpes para convertir.

A mi padre le llamó la atención porque él no bajaba de los 12 golpes ¡una barbaridad! El segundo día nuevamente acompañó al gran maestro y le preguntó. -Dígame, Roberto en esta foto del hoyo 8 ¿Cómo hizo para hacer tres golpes?

El campeón, tomó el diario vio la granja detrás y hizo un esfuerzo de memoria y le dijo -Ahora me acuerdo, “me arriesgué y la tiré por arriba de los pinos…”

Me acuerdo de que me dieron 3 o 4 indicaciones como para hacerlo, pero ninguna de ellas me servía entonces tomé la decisión de tirar la pelota por encima de los pinos. Y es así como entonces pude hacer 3 golpes.

Ese mismo día mi papá practicó y de 12 golpes bajó a 8 y tampoco podía acercarse a lo que, De Vicenzo, le había indicado.

Al día siguiente nuevamente le preguntó, ¿dígame, maestro, está seguro de que la tiraba por arriba de los pinos? Mientras caminaban llegaron al hoyo en cuestión. De Vicenzo, mira el lugar, se da cuenta a donde apuntaba la pregunta, se ríe y dice: sabe que pasa. Yo la tiré por arriba de los pinos hace 30 años. Ahora los pinos crecieron… Hay que buscar otra manera de llegar.

No sé si la historia habrá gustado. Tal vez lo que quise demostrar es que la imaginación humana, La literatura, el contar cuentos y, sobre todo, el orgullo de hablar del padre de uno a veces es más importante, más vivencial que lo que puede hacer una imagen de inteligencia artificial.

No hay comentarios:

Publicar un comentario