Un
día como hoy de 1906 nacía mi papá Jacobo Demkow en Tarnopol Polonia y a sus 22 años
llegó a la Argentina en 1928 luego de recorrer medio mundo por tierra y por
mar.
Hace
poco fui al hotel de inmigrantes, y revisé su filiación y decía: “Labrador”
como todos sus ascendientes de aquella fértil llanura polaca.
A
dos horas de cabalgata de la ciudad de Tarnopol se encuentra la aldea de
Pochapyntsi un lugar rural donde sus habitantes vivían de un lado de la calle
paralela al río Ruda y se dedicaban a la agricultura y la cría de animales.
Recuerdo
que mi papá me contó haber visto junto a sus padres el paso del cometa Halley,
con cierto miedo de ser el fin del mundo. Siendo tan pequeño, veo que tuvo que
haber sido tan evocativo que quedó en su memoria.
A
los 8 años ya no pudo estudiar más. Lo sorprendió la Primera Guerra Mundial, y
quedó huérfano de padre. Su mamá con 27 años quedó viuda con Demetrio el mayor,
luego Jacobo (mi padre), Esteban, Miguel y no se si ya había nacido o estaba
por nacer María.
Es
decir, mi abuela Carolina quedó viuda y con 5 hijos.
Mi
abuelo de nombre Pavel (Pablo en castellano) murió en la guerra defendiendo con
honor su patria.
Estamos
hablando del año 1914 en la batalla de Tarnopol contra el ejército ruso.
Desde
ese momento todos los hermanos tuvieron que trabajar el campo para ayudar a
sostener la familia.
Con
22 años cumplidos en 1928 recorrió 1700 kilómetros, seguramente haciendo algún
trasbordo en tren hasta llegar al puerto de Ámsterdam y tomarse un barco hasta
Buenos Aires. ¿Qué horrible habrá sido vivir la época de guerra? Recuerdo una
historia donde mi papá me contó de un campo de concentración de prisioneros de
guerra.
Ellos
eran niños y jugaban cerca, cuando advierten que los presos los llamaban pare
pedirles comida. Ellos eran pobres y no tenían los recursos y seguramente los
guardias, solo por el hecho de ser niños no los arrestaron. Entonces les tiraban
productos de la huerta propia para que los reclusos se alimentaran. Y más de
una vez los vio comer papas (patatas) crudas para saciar el hambre y hasta pelearse
por esa minúscula ración de alimento.
Tal
vez, horrorizado por tantas situaciones inhumanas lo motivaron a dejar a su
familia, en busca de la libertad.
Luego
vino la Segunda guerra mundial, pero él ya estaba en Buenos Aires y sufrió al
perder contacto con su madre y sus hermanos, luego se enteró que el gobierno de
la Unión Soviética les confiscó sus tierras y tuvieron que irse de allí.
Actualmente
Tarnopol ya no es Polonia, hoy es Ucrania. ¿Qué difícil de entender son las
guerras, donde uno pierde su familia, su dignidad y su arraigo?
Mi
papá perdió a su padre a los 8 años, yo lo perdí a él, a los 13 años, y me
quedan muy pocos recuerdos, pero me propuse homenajearlo contando algunas
historias, haciendo un esfuerzo de memoria.
Con
la tecnología de inteligencia artificial pude ponerle colores a la fotografía
en blanco y negro y hacerlo caminar por las calles de Buenos Aires.
Pero
me dije: La literatura tiene más imaginación que la inteligencia artificial,
ahora mismo puedo contar muchas historias que pasaron simplemente del recuerdo
de la boca de mi padre.
Mi
papá cabalgaba en pelo arriba del caballo, porque había sido un hábil jinete en
el campo. Y la primera vez que se cayó del caballo fue en Hurlingham, provincia
de Buenos Aires. El día que su caballo vio un automóvil por primera vez, el
caballo se asustó y lo tiró al piso.
Pero
curiosamente, él y yo juntos en 1969 vimos por televisión al hombre alunizando
en la Luna. Contrariedades del Siglo XX “Cambalache”, como dice el Tango.
Mientras
estuvo en el Hurlingham club, trabajó como Mucamo, allí atendió al Príncipe Felipe,
a delegaciones británicas, a la selección de rugby (recuerdo que mi mamá les
lavaba la ropa y en soga de casa estaban todas las camisetas originales) e innumerables
invitados que llegaban a la Argentina.
Él allí se acostumbró a prepararle el té a los
ingleses algo que se volvió infaltable en casa con el tiempo.
Pero
en los ratos libres, cuando estaba soltero, también trabajaba de caddie. Un caddie,
es aquella persona que cargaba los palos de golf al hombro para que el jugador no
se molestara, ni levantara peso. Hoy día se usan carritos, inclusive carritos a
control remoto, pero en aquel momento una forma de ganarse la vida era cargar
los palos al hombro.
Como
era empleado del mismo club, también lo dejaban jugar. Un día vi una
publicación de la Asociación Argentina de golf donde estaban los socios
anotados por orden alfabético y me llamó la atención que pocos nombres más
abajo estaba De Vincenzo, el gran campeón argentino e internacional de golf.
Simplemente era un orden alfabético, pero el verlo a muy pocos renglones me
hacía generar algún tipo de expectativas.
Entonces
fue cuando me contó una interesante historia.
El
golf es uno de esos deportes en los cuales. La gente no se retira joven, sino
que es muy probable que un jugador adolescente juegue hasta el último día de su
vida.
La
historia es la siguiente:
Un
día Roberto de Vincenzo, el gran campeón, iba a ir al Hurlingham club. Mi papá
se anotó para hacer de Caddie, llevarle los palos y poder conversar con él.
El
primer día hizo mucho calor, hicieron un par de hoyos y De Vincenzo se volvió a
la habitación. Mi papá fue la biblioteca y encontró una foto en el diario La Prensa
donde se veía el hoyo 8, que reconoció porque aparecía una granja lindera en la
cual De Vincenzo había usado muy pocos golpes para convertir.
A
mi padre le llamó la atención porque él no bajaba de los 12 golpes ¡una barbaridad!
El segundo día nuevamente acompañó al gran maestro y le preguntó. -Dígame,
Roberto en esta foto del hoyo 8 ¿Cómo hizo para hacer tres golpes?
El
campeón, tomó el diario vio la granja detrás y hizo un esfuerzo de memoria y le
dijo -Ahora me acuerdo, “me arriesgué y la tiré por arriba de los pinos…”
Me
acuerdo de que me dieron 3 o 4 indicaciones como para hacerlo, pero ninguna de
ellas me servía entonces tomé la decisión de tirar la pelota por encima de los
pinos. Y es así como entonces pude hacer 3 golpes.
Ese
mismo día mi papá practicó y de 12 golpes bajó a 8 y tampoco podía acercarse a lo
que, De Vicenzo, le había indicado.
Al
día siguiente nuevamente le preguntó, ¿dígame, maestro, está seguro de que la
tiraba por arriba de los pinos? Mientras caminaban llegaron al hoyo en
cuestión. De Vicenzo, mira el lugar, se da cuenta a donde apuntaba la pregunta,
se ríe y dice: sabe que pasa. Yo la tiré por arriba de los pinos hace 30 años.
Ahora los pinos crecieron… Hay que buscar otra manera de llegar.
No
sé si la historia habrá gustado. Tal vez lo que quise demostrar es que la
imaginación humana, La literatura, el contar cuentos y, sobre todo, el orgullo
de hablar del padre de uno a veces es más importante, más vivencial que lo que
puede hacer una imagen de inteligencia artificial.
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