sábado, 28 de febrero de 2026

Los Eternautas frente al diluvio apocalíptico.

 



Los terribles truenos no fueron un sonido, sino una vibración que se sintió en la boca del estómago de Mateo. Parecía el fin de los tiempos y recordó una oración que su madre le rezaba cada vez que una tormenta fuerte los sorprendía. Detrás de cada relámpago un fuerte estruendo como si fuera un festival de bombas atómicas. Y luego el silencio. El más absoluto silencio hasta el siguiente resplandor del cielo.

Su novia Valeria, lo miró sin comprender nada. En medio de la oscuridad, encendió una vela delante de una imagen de un santo que su madre tenía guardada en la mesa de luz.

Entonces empezó a rezar. Y le dijo - ¿Vos, no eras ateo?

Cállate, acá tenemos que rezar, es nuestro último recurso. Hace días que no para de llover, no hay luz, y está todo inundado. Siento en el agua un olor extraño y sospecho que desbordó el Río Reconquista.

¡Pero Mateo! – continuó hablándole su novia diciéndole sorprendida- ¿Vos crees que si desbordó el Reconquista va a llegar hasta acá? El río está a más de cinco kilómetros. Es cierto que Buenos Aires es bajo y los afluentes al Río de la Plata cuando hay sudestada o cuando llueve mucho anegan calles, pero me parece mucho.

En José León Suárez, la tormenta de febrero de 2035 no era una simple lluvia, era el fin del mundo. Las sirenas de las estaciones de bomberos, el chirrido de los frenos de los autos que intentaban huir y el grito lejano de una madre se mezclaban con el rugido incesante del cielo.

Pero el verdadero terror venía de los cauces tapados por la urbanización. El Río de la Reconquista, una cloaca a cielo abierto que fue el nervio sucio de la zona por generaciones, había despertado y arrastraba todo lo que se le interpusiera.

Con la poca batería que quedaba en su teléfono, Mateo veía los informativos que mostraban imágenes de catástrofe del municipio de General San Martín.




La gente solía decir que el río era el lugar donde iban a morir las cosas, pero ahora parecía que iba a ser el lugar donde las cosas volvían a nacer. El agua, una mezcla aceitosa de residuos industriales y barro milenario, subió más rápido de lo que nadie pudo creer.

En pocas horas, la cancha del club Chacarita Juniors se convirtió en un lago oscuro, las autopistas del Buen Ayre y la Avenida Márquez eran canales de navegación y el antiguo tanque de agua de Ballester era una isla solitaria, un faro de cemento en un océano de miseria.

Eso mostraban los informativos. Un panorama deprimente y preocupante.

Valeria lo tomó de la mano y rezaron juntos una oración que Mateo dijo que se la había enseñado José Tomasini un Ingeniero Agrónomo que tuvo como profesor de química en el secundario y que lo recordaba por su religiosidad y por sus explicaciones simples de fenómenos químicos complejos.

Tal vez el fuerte olor de la inundación lo hizo acordarse de alguna experiencia en el laboratorio de la escuela.

Le dijo a su novia: Rezá conmigo, “Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, guarda pan, guarda vino, guarda gente en el camino”.

Milagrosamente en un momento dejó de llover, cesaron los truenos y la calma escondía una sospecha inquietante, entonces dijo: Vayámonos de acá. Si nos quedamos acá nos vamos a morir.

Era una noche cerrada.





Mateo, con una fuerte alergia y los pies chapoteando en el agua, se aferró a la mano de Valeria. Detrás de ellos, su vecino Leonardo, con una mochila llena de herramientas y cables, lo siguió con Eliana, que conocía cada atajo de su barrio. Eran cuatro estudiantes que habían crecido a la sombra del CEAMSE, el basural más grande de Sudamérica, y que habían aprendido a navegar por un mundo de contrastes sociales. Todos habían estudiado en la técnica de Suárez, El Instituto San Antonio de Padua y juntos fueron a la misma universidad en la zona.

No había refugio en sus casas, ni en las avenidas anegadas. Solo quedaba un lugar al que ir, un lugar que ellos, cuando fueron estudiantes de la Universidad Nacional de San Martín, consideraban su segundo hogar: el antiguo predio ferroviario que estaba más elevado. Así les dijo Eliana que conocía de topografía y antropología.

Corrieron, o más bien nadaron, a través de calles que ahora eran ríos. La estación de tren de Suárez, un punto de encuentro y de despedida de tantas historias, estaba sumergida. El aire olía a tierra mojada, a óxido y a algo más, algo que les helaba la sangre: un olor metálico y dulce, como si una herida gigantesca se hubiera abierto bajo la tierra. No se trataba solo de la inundación. Era alguna plaga desconocida.

Desde el agua, se elevaba una niebla verdosa y luminiscente. No era gas, no era vapor, vaya uno a saber que era.

Parecía un hongo, una forma de vida que había estado latente en los sedimentos tóxicos del Río Reconquista, alimentándose de la polución y la historia de la industrialización. Ahora, con el agua dulce del diluvio, había encontrado las condiciones perfectas para florecer. La niebla se movía con una mente propia, penetrando las casas, los autos y los cuerpos. Los que la tocaban se quedaban inmóviles, como estatuas, con los ojos vidriosos y la piel cubierta de una pátina verdosa. Una Plaga que los llevaba hacia la muerte. Convertía a las personas en extensiones vivientes de sí misma, en un ejército de títeres silenciosos que marchaban hasta que iban cayendo.

 


El grupo finalmente llegó a la universidad. El campus, construido sobre lo que alguna vez fue el playón ferroviario, se alzaba como una fortaleza de ladrillos rojos y acero. El antiguo Tornavías, una estructura giratoria usada para voltear vagones y locomotoras, era ahora la entrada principal, una puerta a un mundo de conocimiento y, quizás, la última esperanza de la humanidad. Por suerte, la arquitectura del lugar los había protegido de la mayor parte de la inundación.

 

En el interior, los pasillos estaban llenos de estudiantes y profesores asustados, que se apiñaban alrededor de los generadores de energía y enviaban mensajes a sus familias. Nadie entendía lo que estaba sucediendo, pero todos sentían la misma cosa: un frío existencial, la certeza de que estaban ante algo que trascendía la naturaleza. El conocimiento, que siempre había sido su refugio, ahora era su única arma.

 


Mientras el grupo recuperaba el aliento, Mateo vio a una figura sentada en un banco, una figura que parecía ser parte del cemento. Era un anciano, de barba blanca y ojos tan negros como el cielo tormentoso. Le decían “El Flaco”, un indigente de la zona que vivía entre las vías, un mito viviente, un vagabundo del barrio que solía hablar solo y contar historias que nadie quería escuchar.

Pero ahora, con los ojos fijos en la niebla verdosa que se acercaba, El Flaco se inclinó hacia ellos. "La cuenca del río se ha cobrado su deuda, ahora viene por nosotros", susurró con voz ronca. "Ahora, la historia de los hombres termina. A menos que alguien haga algo".

 

El Flaco miró a los cuatro jóvenes. En sus ojos, no había locura, sino un conocimiento que iba más allá del tiempo. "A menos que ustedes, los que estudian el pasado, se atrevan a construir el futuro".

Dos problemas vieron con la iluminación del campus. El primero eran esos hongos que flotaban sobre el agua inundada, el segundo que se lo marcó Elena. Habían visto unos caparazones de gliptodonte que habitó esta zona en épocas remotas, pero en su interior unas figuras deformes como si fueran babosas dentro de un caracol. Tal vez alguna sustancia química generó el desarrollo de estas bestias, o bien la fuerza del agua descubrió vida latente y con la corriente llegaron hasta la Universidad.

Mateo, se acordó de su profesor y sobre todo de una pregunta que le había hecho cuando su piscina por falta de mantenimiento se llenó de seres asquerosos y olorosos. En aquella oportunidad le dijo “échale cloro” y vas a ver como se limpia todo.

Una patrulla de profesores y alumnos partió a una fábrica de cloro y no tardó mucho en sanearse el agua.

La otra plaga también tuvo que ver con el ingeniero agrónomo en la memoria de Mateo cuando en su secundaria fueron a la huerta, que ellos llamaban aula verde y a las babosas las mató con el cloruro de sodio de la sal común.




Saberes simples, efectivos y básicos estuvieron en los cuatro jóvenes que recordaron soluciones fáciles a problemas complejos que un hombre con docencia y paciencia les enseñó.

Les decía una y otra vez: apaguen los teléfonos y enciendan la atención que estos consejos alguna vez le van a servir. Y sobre todo sean agradecidos.

Mateo salió a la calle a buscar al vagabundo y le llevó un impermeable, pan y vino. Charló un rato con él anciano.

Sus amigos lo miraron y les sorprendió ver que luego de la charla los dos se abrazaron y lloraron juntos.

Ese viejo despreciado y mal arreglado era nada más ni nada menos que el ingeniero Tomasini, su profesor de química.

 



 

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