Los terribles truenos no fueron
un sonido, sino una vibración que se sintió en la boca del estómago de Mateo.
Parecía el fin de los tiempos y recordó una oración que su madre le rezaba cada
vez que una tormenta fuerte los sorprendía. Detrás de cada relámpago un fuerte
estruendo como si fuera un festival de bombas atómicas. Y luego el silencio. El
más absoluto silencio hasta el siguiente resplandor del cielo.
Su novia Valeria, lo miró sin
comprender nada. En medio de la oscuridad, encendió una vela delante de una
imagen de un santo que su madre tenía guardada en la mesa de luz.
Entonces empezó a rezar. Y le
dijo - ¿Vos, no eras ateo?
Cállate, acá tenemos que rezar,
es nuestro último recurso. Hace días que no para de llover, no hay luz, y está
todo inundado. Siento en el agua un olor extraño y sospecho que desbordó el Río
Reconquista.
¡Pero Mateo! – continuó hablándole
su novia diciéndole sorprendida- ¿Vos crees que si desbordó el Reconquista va a
llegar hasta acá? El río está a más de cinco kilómetros. Es cierto que Buenos
Aires es bajo y los afluentes al Río de la Plata cuando hay sudestada o cuando
llueve mucho anegan calles, pero me parece mucho.
En José León Suárez, la tormenta
de febrero de 2035 no era una simple lluvia, era el fin del mundo. Las sirenas
de las estaciones de bomberos, el chirrido de los frenos de los autos que
intentaban huir y el grito lejano de una madre se mezclaban con el rugido
incesante del cielo.
Pero el verdadero terror venía de
los cauces tapados por la urbanización. El Río de la Reconquista, una cloaca a
cielo abierto que fue el nervio sucio de la zona por generaciones, había
despertado y arrastraba todo lo que se le interpusiera.
Con la poca batería que quedaba
en su teléfono, Mateo veía los informativos que mostraban imágenes de
catástrofe del municipio de General San Martín.
La gente solía decir que el río
era el lugar donde iban a morir las cosas, pero ahora parecía que iba a ser el
lugar donde las cosas volvían a nacer. El agua, una mezcla aceitosa de residuos
industriales y barro milenario, subió más rápido de lo que nadie pudo creer.
En pocas horas, la cancha del club
Chacarita Juniors se convirtió en un lago oscuro, las autopistas del Buen Ayre
y la Avenida Márquez eran canales de navegación y el antiguo tanque de agua de
Ballester era una isla solitaria, un faro de cemento en un océano de miseria.
Eso mostraban los informativos.
Un panorama deprimente y preocupante.
Valeria lo tomó de la mano y
rezaron juntos una oración que Mateo dijo que se la había enseñado José
Tomasini un Ingeniero Agrónomo que tuvo como profesor de química en el
secundario y que lo recordaba por su religiosidad y por sus explicaciones
simples de fenómenos químicos complejos.
Tal vez el fuerte olor de la
inundación lo hizo acordarse de alguna experiencia en el laboratorio de la
escuela.
Le dijo a su novia: Rezá conmigo,
“Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, guarda pan, guarda vino,
guarda gente en el camino”.
Milagrosamente en un momento dejó
de llover, cesaron los truenos y la calma escondía una sospecha inquietante,
entonces dijo: Vayámonos de acá. Si nos quedamos acá nos vamos a morir.
Era una noche cerrada.
Mateo, con una fuerte alergia y
los pies chapoteando en el agua, se aferró a la mano de Valeria. Detrás de
ellos, su vecino Leonardo, con una mochila llena de herramientas y cables, lo
siguió con Eliana, que conocía cada atajo de su barrio. Eran cuatro estudiantes
que habían crecido a la sombra del CEAMSE, el basural más grande de Sudamérica,
y que habían aprendido a navegar por un mundo de contrastes sociales. Todos habían
estudiado en la técnica de Suárez, El Instituto San Antonio de Padua y juntos
fueron a la misma universidad en la zona.
No había refugio en sus casas, ni
en las avenidas anegadas. Solo quedaba un lugar al que ir, un lugar que ellos,
cuando fueron estudiantes de la Universidad Nacional de San Martín,
consideraban su segundo hogar: el antiguo predio ferroviario que estaba más
elevado. Así les dijo Eliana que conocía de topografía y antropología.
Corrieron, o más bien nadaron, a
través de calles que ahora eran ríos. La estación de tren de Suárez, un punto
de encuentro y de despedida de tantas historias, estaba sumergida. El aire olía
a tierra mojada, a óxido y a algo más, algo que les helaba la sangre: un olor
metálico y dulce, como si una herida gigantesca se hubiera abierto bajo la
tierra. No se trataba solo de la inundación. Era alguna plaga desconocida.
Desde el agua, se elevaba una
niebla verdosa y luminiscente. No era gas, no era vapor, vaya uno a saber que
era.
Parecía un hongo, una forma de
vida que había estado latente en los sedimentos tóxicos del Río Reconquista,
alimentándose de la polución y la historia de la industrialización. Ahora, con
el agua dulce del diluvio, había encontrado las condiciones perfectas para
florecer. La niebla se movía con una mente propia, penetrando las casas, los
autos y los cuerpos. Los que la tocaban se quedaban inmóviles, como estatuas,
con los ojos vidriosos y la piel cubierta de una pátina verdosa. Una Plaga que
los llevaba hacia la muerte. Convertía a las personas en extensiones vivientes
de sí misma, en un ejército de títeres silenciosos que marchaban hasta que iban
cayendo.
El grupo finalmente llegó a la
universidad. El campus, construido sobre lo que alguna vez fue el playón
ferroviario, se alzaba como una fortaleza de ladrillos rojos y acero. El
antiguo Tornavías, una estructura giratoria usada para voltear vagones y locomotoras,
era ahora la entrada principal, una puerta a un mundo de conocimiento y,
quizás, la última esperanza de la humanidad. Por suerte, la arquitectura del
lugar los había protegido de la mayor parte de la inundación.
En el interior, los pasillos
estaban llenos de estudiantes y profesores asustados, que se apiñaban alrededor
de los generadores de energía y enviaban mensajes a sus familias. Nadie
entendía lo que estaba sucediendo, pero todos sentían la misma cosa: un frío
existencial, la certeza de que estaban ante algo que trascendía la naturaleza.
El conocimiento, que siempre había sido su refugio, ahora era su única arma.
Mientras el grupo recuperaba el
aliento, Mateo vio a una figura sentada en un banco, una figura que parecía ser
parte del cemento. Era un anciano, de barba blanca y ojos tan negros como el cielo
tormentoso. Le decían “El Flaco”, un indigente de la zona que vivía entre las
vías, un mito viviente, un vagabundo del barrio que solía hablar solo y contar
historias que nadie quería escuchar.
Pero ahora, con los ojos fijos en
la niebla verdosa que se acercaba, El Flaco se inclinó hacia ellos. "La
cuenca del río se ha cobrado su deuda, ahora viene por nosotros", susurró
con voz ronca. "Ahora, la historia de los hombres termina. A menos que
alguien haga algo".
El Flaco miró a los cuatro
jóvenes. En sus ojos, no había locura, sino un conocimiento que iba más allá
del tiempo. "A menos que ustedes, los que estudian el pasado, se atrevan a
construir el futuro".
Dos problemas vieron con la
iluminación del campus. El primero eran esos hongos que flotaban sobre el agua
inundada, el segundo que se lo marcó Elena. Habían visto unos caparazones de
gliptodonte que habitó esta zona en épocas remotas, pero en su interior unas
figuras deformes como si fueran babosas dentro de un caracol. Tal vez alguna
sustancia química generó el desarrollo de estas bestias, o bien la fuerza del
agua descubrió vida latente y con la corriente llegaron hasta la Universidad.
Mateo, se acordó de su profesor y
sobre todo de una pregunta que le había hecho cuando su piscina por falta de
mantenimiento se llenó de seres asquerosos y olorosos. En aquella oportunidad
le dijo “échale cloro” y vas a ver como se limpia todo.
Una patrulla de profesores y
alumnos partió a una fábrica de cloro y no tardó mucho en sanearse el agua.
La otra plaga también tuvo que
ver con el ingeniero agrónomo en la memoria de Mateo cuando en su secundaria
fueron a la huerta, que ellos llamaban aula verde y a las babosas las mató con
el cloruro de sodio de la sal común.
Saberes simples, efectivos y básicos estuvieron en los cuatro jóvenes que recordaron soluciones fáciles a problemas complejos que un hombre con docencia y paciencia les enseñó.
Les decía una y otra vez: apaguen
los teléfonos y enciendan la atención que estos consejos alguna vez le van a
servir. Y sobre todo sean agradecidos.
Mateo salió a la calle a buscar
al vagabundo y le llevó un impermeable, pan y vino. Charló un rato con él
anciano.
Sus amigos lo miraron y les
sorprendió ver que luego de la charla los dos se abrazaron y lloraron juntos.
Ese viejo despreciado y mal
arreglado era nada más ni nada menos que el ingeniero Tomasini, su profesor de
química.
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