martes, 20 de enero de 2026

EL PESO DE LOS GENES

 

De tal palo tal astilla.


Este cuento es parte de la colección “El Décimo Infierno...” (El infierno que el Dante no se animó a escribir en La Divina Comedia)

 

Muchas maestras y profesores me lo contaron y les creo. Solo tuve que cotejar mi experiencia y coincidimos en todo.

Cuando el padre de un alumno es citado en un colegio, cuando se retira, surge una frase que es repetida incansablemente por los docentes y los directivos: “Viendo a los padres ahora entiendo por qué su hijo es así”.

 





 

Es una frase que viene del latín: “Qualis pater, talis filius” que se popularizó en el ámbito hispanohablante. Ese refrán, tan repetido en ámbitos escolares, me vino a la memoria en una ocasión muy particular que viví en la Feria del Libro…

Investigando encontré que el título de una obra del autor español José María de Pereda, hace una alusión más simbólica y metafórica: “De tal palo, tal astilla”.

Ahora bien, no solo estas observaciones son propias del ámbito académico, también se dan en otras instancias.

Recuerdo un episodio que me ocurrió en persona hace muchos años.

La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, era una ocasión donde se conocían autores que asistían para firmar sus propias obras.

Un placer que el libro digital no lo puede superar.

Nada más ni nada menos que llevarse una dedicatoria personal del escritor en la primera página de un libro de papel.

Tener su dedicatoria era un documento imborrable que nos daba un prestigio único y lo guardábamos con especial cuidado en nuestra biblioteca personal.

Además, del placer de conversar con un escritor y darle un abrazo o estrechar su mano ¡no tenía precio!

Mi presencia en la feria era otra, no era ni autor, ni público. Estaba allí en una tarea comercial, como encargado en el stand de una importante editorial universitaria.

Coordinaba las invitaciones con los autores para firmar ejemplares y era responsable de la exhibición y el éxito comercial.

No todos los autores tenían el privilegio de recibir gente para firmar sus propios libros, muy por el contrario, había autores que ya no vendían ni un solo libro y una vez que pasaba su cuarto de hora, ya nadie los solicitaba.

En las editoriales se desataba un conflicto, que tenía que ver con el espacio físico en los depósitos y muchas veces esos libros no vendidos terminaban en mesas de saldos de librerías de mala muerte. Pero antes de llegar a esa situación, la Feria del Libro, era la oportunidad de obtener un último recurso, tal vez más decoroso, que una mesa de saldos junto a otras obras viejas, amarillentas, polvorientas y hasta con algún bicho que se alimenta de la celulosa como:  polillas, gorgojos o el pescadito de plata un insecto que se nutre de papel y material de encuadernación.

Es así como entre otras interesantes publicaciones incorporábamos una mesa de ofertas con la finalidad de vaciar el depósito antes que rematar los libros a un especulador de saldos que no nos pagaría casi nada.

A los autores no les gustaba que sus “obras maestras” estuvieran en una mesa de ofertas, pero no nos quedaba otro remedio.

 

 

Recuerdo una oportunidad que un autor pasó y miró de reojo que sus libros estaban en “oferta” y nos mandó un colaborador para comprarlos y sacarlos de la mesa. Cuando escribió su novela era un hombre desconocido, pero con el paso del tiempo ocupó el cargo de la Dirección de Cultura de la Nación, y obviamente que no se podía permitir tal humillación y con una billetera llena de dinero su asistente compró todos sus libros de la mesa de saldos.

Mientras se acercó a la caja a pagar, le pedí a un vendedor que fuera al depósito del stand y llenara los espacios que habían quedado vacíos de los ejemplares que compró el funcionario. A lo que el asistente continuó gastando con la billetera del autor (o tal vez del Estado).

Si no me equivoco, ese fue el día que más vendimos…

De tantas anécdotas que se vivían en la Feria, recuerdo a un señor muy mayor con saco, y camisa sin abrochar el último botón, muy respetuoso y educado. Tenía una voz pausada y tranquila y entiendo que poseía un casi imperceptible acento madrileño.

Yo era un joven de barrio, como se dice en la argentina, conocía los códigos, el vocabulario y “la calle”, pero en la editorial disimulaba toda esa cultura popular, amoldándome al diálogo con autores, empresarios, embajadores, funcionarios y gente de la cultura. En otras palabras, poseía un lenguaje bilingüe: popular y selecto.

Este señor mayor se me acercó para hacerme una consulta. Yo era fácil de distinguir: elegante, saco, corbata, zapatos bien lustrados y atento a cualquier devenir.

Tan atento que la experiencia en ventas me había dado la virtud de reconocer observando el lenguaje corporal de la gente, si el cliente iba a comprar o no, e incluso podía anticipar que género literario estaba buscando.

 

 

El hombre mira la mesa de ofertas y le llamó la atención el precio. Entonces me consulta

 - “Qué autores buenos tienen ¿Por qué tan baratos?”

Sin duda que no le iba a explicar la historia del depósito, ni del exceso de stock.

Por otro lado, se notaba que salió a dar una vuelta para matar su aburrimiento y encontró alguien con quien hablar. Por lo que siguió preguntando

 – “¿Y me tengo que llevar los 10 libros?”

- Si. Le contesto, es una muy buena oferta. Tiene para leer todo el verano o si quiere los puede regalar y queda bien con mucha gente.

No iba a encontrar una oferta similar en toda la Feria, diez libros de grandes narradores y novelistas argentinos, inclusive el Director Nacional de Cultura por el valor equivalente a dos ejemplares.

El hombre seguía cuestionando con preguntas como

- “¿Puedo combinarlos como yo quiera?

 -Si, señor

- “¿Y puedo llevarme dos ofertas?”

– Si, señor

- ¿Y puedo llevar tres ofertas?”

Si, señor

 – “Y puedo mezclarlo con otros libros que no están en la oferta?”

- No señor

- “¿Por qué no puedo…?”

 – No señor. Puede combinar solo los que están en esta mesa, los otros tienen otros precios.

Y así fueron pasando los minutos. El hombre, continuaba realizando preguntas, pero no se le advertía ni necesidad, ni placer por la oferta. Simplemente pasaba el rato entreteniéndose a costa de su interlocutor, que era yo.

Después de muchas preguntas y muchos minutos continuamos con el pin pon de preguntas y respuestas.

Mi paciencia empezaba a agotarse, pero él parecía no satisfacerse y rebuscaba salidas incoherentes, tal vez para ver mi actitud o tal vez estaría haciendo una investigación sobre la paciencia humana.

Hasta que encontró una pregunta donde me descolocó.

 “¿Cuántos libros tiene en el stand?”

– Más de 3.000 ejemplares, le contesté

- “Entonces me llevo todos

-Muy bien, deme su dirección, así mañana a primera hora se los envío a su domicilio

- “No. Mañana no. ¡Los quiero ahora!”

-Señor ¿Cómo va a hacer para llevarse ahora 3.000 libros? Quédese tranquilo que mañana los tiene en su casa. Ahí me subió la voz, me apuntó con su dedo índice y casi a los gritos me dijo

- “A usted no le interesa, como me los voy a llevar, los quiero ahora y listo”.

Difícil el hombre, me dije. Hace 40 minutos que está dando vueltas sin comprar y ahora le cambió el humor, se encaprichó y me levanta la voz…

Le reiteré. Señor, usted no va a poder salir de esta feria con tantos libros en la mano. Además, yo no le puedo vender tantos libros de este stand. En este lugar no hacemos ventas mayoristas.

El anciano parecía sentirse feliz, mi respuesta era como combustible para encender más su fuego. Y me seguía gritando

- “¿Por qué usted no puede venderme todos libros del local?”

-Ya le dije. Además, si yo le vendo todos los ejemplares del local, no me quedan para venderle a los clientes, entiende.

Se colocó los dos brazos sobre la cintura como si fuera un jarrón de porcelana y me exclamó.

 

 

- “¿Usted me hace acordar a un manisero, que cuando yo era chiquito, mi papá le hizo la misma pregunta, que yo le estoy haciendo a usted? véndame todo. Y el manisero le contestó como usted… Si le vendo todo, no voy a tener para venderle al resto de la gente”.

Esa. Si esa era la situación a la que quiso llegar el anciano que vino a matar su aburrimiento en el stand de venta de libros. Necesitaba hablar con alguien y yo caí de la peor forma.

Pero todavía, me quedaba un recurso. Mi experiencia callejera, mi vocabulario popular…

Entonces lo miré tomándome unos segundos, como para que entienda que le iba a contestar. Hice silencio prolongado, a propósito, lo miré profundamente como para angustiarlo con la espera.

Y le dije.

-Señor por lo que usted me acaba de decir, veo no hay ninguna duda que usted es hijo legítimo de su papá.

No lo dude. No hace falta que se haga un ADN. Usted es un pelotudo (*) por genética y présteme atención, si sus hijos son distintos, desconfíe de su mujer.

Anote en su libro de experiencias que la pelotudez se hereda.

 



 

Pablo Demkow

Este cuento es parte de la colección “El Décimo Infierno. El infierno de lo pelotudos(El infierno que el Dante no se animó a escribir en La Divina Comedia).

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(*) Pelotudo es un término coloquial y malsonante usado principalmente en Argentina, Uruguay y Chile. Se emplea como insulto para referirse a alguien considerado tonto, torpe o que actúa sin inteligencia.