De tal palo tal astilla.
Este cuento es parte de la colección “El Décimo Infierno...” (El infierno que el Dante no se animó a escribir en La Divina Comedia)
Muchas maestras y profesores
me lo contaron y les creo. Solo tuve que cotejar mi experiencia y coincidimos
en todo.
Cuando el padre de un
alumno es citado en un colegio, cuando se retira, surge una frase que es repetida
incansablemente por los docentes y los directivos: “Viendo a los padres ahora
entiendo por qué su hijo es así”.
Es una frase que viene
del latín: “Qualis pater, talis filius” que se popularizó en el ámbito
hispanohablante. Ese refrán, tan repetido en ámbitos escolares, me vino a la
memoria en una ocasión muy particular que viví en la Feria del Libro…
Investigando encontré que
el título de una obra del autor español José María de Pereda, hace una alusión
más simbólica y metafórica: “De tal palo, tal astilla”.
Ahora bien, no solo estas
observaciones son propias del ámbito académico, también se dan en otras instancias.
Recuerdo un episodio que
me ocurrió en persona hace muchos años.
La Feria Internacional del
Libro de Buenos Aires, era una ocasión donde se conocían autores que asistían
para firmar sus propias obras.
Un placer que el libro
digital no lo puede superar.
Nada más ni nada menos
que llevarse una dedicatoria personal del escritor en la primera página de un
libro de papel.
Tener su dedicatoria era
un documento imborrable que nos daba un prestigio único y lo guardábamos con
especial cuidado en nuestra biblioteca personal.
Además, del placer de
conversar con un escritor y darle un abrazo o estrechar su mano ¡no tenía precio!
Mi presencia en la feria
era otra, no era ni autor, ni público. Estaba allí en una tarea comercial, como
encargado en el stand de una importante editorial universitaria.
Coordinaba las
invitaciones con los autores para firmar ejemplares y era responsable de la
exhibición y el éxito comercial.
No todos los autores
tenían el privilegio de recibir gente para firmar sus propios libros, muy por
el contrario, había autores que ya no vendían ni un solo libro y una vez que
pasaba su cuarto de hora, ya nadie los solicitaba.
En las editoriales se
desataba un conflicto, que tenía que ver con el espacio físico en los depósitos
y muchas veces esos libros no vendidos terminaban en mesas de saldos de librerías
de mala muerte. Pero antes de llegar a esa situación, la Feria del Libro, era
la oportunidad de obtener un último recurso, tal vez más decoroso, que una mesa
de saldos junto a otras obras viejas, amarillentas, polvorientas y hasta con algún
bicho que se alimenta de la celulosa como: polillas, gorgojos o el pescadito de plata un
insecto que se nutre de papel y material de encuadernación.
Es así como entre otras
interesantes publicaciones incorporábamos una mesa de ofertas con la finalidad
de vaciar el depósito antes que rematar los libros a un especulador de saldos que
no nos pagaría casi nada.
A los autores no les
gustaba que sus “obras maestras” estuvieran en una mesa de ofertas, pero no nos
quedaba otro remedio.
Recuerdo una oportunidad
que un autor pasó y miró de reojo que sus libros estaban en “oferta” y nos
mandó un colaborador para comprarlos y sacarlos de la mesa. Cuando escribió su
novela era un hombre desconocido, pero con el paso del tiempo ocupó el cargo de
la Dirección de Cultura de la Nación, y obviamente que no se podía permitir tal
humillación y con una billetera llena de dinero su asistente compró todos sus
libros de la mesa de saldos.
Mientras se acercó a la
caja a pagar, le pedí a un vendedor que fuera al depósito del stand y llenara
los espacios que habían quedado vacíos de los ejemplares que compró el
funcionario. A lo que el asistente continuó gastando con la billetera del autor
(o tal vez del Estado).
Si no me equivoco, ese
fue el día que más vendimos…
De tantas anécdotas que
se vivían en la Feria, recuerdo a un señor muy mayor con saco, y camisa sin
abrochar el último botón, muy respetuoso y educado. Tenía una voz pausada y
tranquila y entiendo que poseía un casi imperceptible acento madrileño.
Yo era un joven de barrio,
como se dice en la argentina, conocía los códigos, el vocabulario y “la calle”,
pero en la editorial disimulaba toda esa cultura popular, amoldándome al diálogo
con autores, empresarios, embajadores, funcionarios y gente de la cultura. En otras palabras, poseía
un lenguaje bilingüe: popular y selecto.
Este señor mayor se me
acercó para hacerme una consulta. Yo era fácil de distinguir: elegante, saco,
corbata, zapatos bien lustrados y atento a cualquier devenir.
Tan atento que la
experiencia en ventas me había dado la virtud de reconocer observando el
lenguaje corporal de la gente, si el cliente iba a comprar o no, e incluso
podía anticipar que género literario estaba buscando.
El hombre mira la mesa de
ofertas y le llamó la atención el precio. Entonces me consulta
- “Qué autores buenos tienen ¿Por qué tan
baratos?”
Sin duda que no le iba a
explicar la historia del depósito, ni del exceso de stock.
Por otro lado, se notaba
que salió a dar una vuelta para matar su aburrimiento y encontró alguien con
quien hablar. Por lo que siguió preguntando
– “¿Y me tengo que llevar los 10 libros?”
- Si. Le contesto, es una
muy buena oferta. Tiene para leer todo el verano o si quiere los puede regalar
y queda bien con mucha gente.
No iba a encontrar una
oferta similar en toda la Feria, diez libros de grandes narradores y novelistas
argentinos, inclusive el Director Nacional de Cultura por el valor equivalente
a dos ejemplares.
El hombre seguía cuestionando
con preguntas como
- “¿Puedo combinarlos
como yo quiera?
-Si, señor
- “¿Y puedo llevarme
dos ofertas?”
– Si, señor
- ¿Y puedo llevar tres
ofertas?”
Si, señor
– “Y puedo mezclarlo con otros libros que
no están en la oferta?”
- No señor
- “¿Por qué no puedo…?”
– No señor. Puede combinar solo los que están
en esta mesa, los otros tienen otros precios.
Y así fueron pasando los minutos.
El hombre, continuaba realizando preguntas, pero no se le advertía ni necesidad,
ni placer por la oferta. Simplemente pasaba el rato entreteniéndose a costa de
su interlocutor, que era yo.
Después de muchas
preguntas y muchos minutos continuamos con el pin pon de preguntas y respuestas.
Mi paciencia empezaba a
agotarse, pero él parecía no satisfacerse y rebuscaba salidas incoherentes, tal
vez para ver mi actitud o tal vez estaría haciendo una investigación sobre la paciencia
humana.
Hasta que encontró una
pregunta donde me descolocó.
“¿Cuántos libros tiene en el stand?”
– Más de 3.000 ejemplares,
le contesté
- “Entonces me llevo
todos”
-Muy bien, deme su
dirección, así mañana a primera hora se los envío a su domicilio
- “No. Mañana no. ¡Los
quiero ahora!”
-Señor ¿Cómo va a hacer
para llevarse ahora 3.000 libros? Quédese tranquilo que mañana los tiene en su casa.
Ahí me subió la voz, me apuntó con su dedo índice y casi a los gritos me dijo
- “A usted no le
interesa, como me los voy a llevar, los quiero ahora y listo”.
Difícil el hombre, me
dije. Hace 40 minutos que está dando vueltas sin comprar y ahora le cambió el
humor, se encaprichó y me levanta la voz…
Le reiteré. Señor, usted
no va a poder salir de esta feria con tantos libros en la mano. Además, yo no
le puedo vender tantos libros de este stand. En este lugar no hacemos ventas
mayoristas.
El anciano parecía
sentirse feliz, mi respuesta era como combustible para encender más su fuego. Y
me seguía gritando
- “¿Por qué usted no
puede venderme todos libros del local?”
-Ya le dije. Además, si
yo le vendo todos los ejemplares del local, no me quedan para venderle a los
clientes, entiende.
Se colocó los dos brazos
sobre la cintura como si fuera un jarrón de porcelana y me exclamó.
- “¿Usted me hace
acordar a un manisero, que cuando yo era chiquito, mi papá le hizo la misma
pregunta, que yo le estoy haciendo a usted? véndame todo. Y el manisero le
contestó como usted… Si le vendo todo, no voy a tener para venderle al resto de
la gente”.
Esa. Si esa era la
situación a la que quiso llegar el anciano que vino a matar su aburrimiento en el
stand de venta de libros. Necesitaba hablar con alguien y yo caí de la peor
forma.
Pero todavía, me quedaba
un recurso. Mi experiencia callejera, mi vocabulario popular…
Entonces lo miré tomándome
unos segundos, como para que entienda que le iba a contestar. Hice silencio prolongado, a
propósito, lo miré profundamente como para angustiarlo con la espera.
Y le dije.
-Señor por lo que usted
me acaba de decir, veo no hay ninguna duda que usted es hijo legítimo de su
papá.
No lo dude. No hace falta
que se haga un ADN. Usted es un pelotudo (*) por genética y présteme atención, si
sus hijos son distintos, desconfíe de su mujer.
Anote en su libro de experiencias
que la pelotudez se hereda.
Pablo Demkow
Este cuento es parte de
la colección “El Décimo Infierno. El infierno de lo pelotudos” (El
infierno que el Dante no se animó a escribir en La Divina Comedia).
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